[ LUCES DE CHAMARTÍN ]

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ENTRE EL MINISTERIO Y LA CHEKA I

Las dos caras del PSOE: De 1879 a 1939

Para mi padre, en su 82º cumpleaños.

Hoy vuelvo con una de mis obsesiones, que mis sufridos lectores ya reconocerán, ¿Por qué somos más izquierdistas, y nuestra izquierda es más radical, que la media europea? Habiendo ya tratado el tema en términos teóricos, hoy me gustaría concentrarme en la principal encarnación práctica de todo esto, el que ha sido siempre el principal partido de izquierdas en España de forma prácticamente ininterrumpida salvo algunas veleidades anarquistas en torno al cambio de siglo, esto es, el PSOE.

En un principio, el PSOE fundado por el Pablo Iglesias de verdad en 1879, siendo notablemente revolucionario y violento, no lo era más que sus homólogos europeos de la Primera Internacional. Se puede aducir, incluso, que su alianza electoral de 1910 con los republicanos moderados, gracias a la cual salió elegido diputado por primera vez, representó un giro que alejaba al PSOE de las posiciones maximalistas y antidemocráticas de otros partidos socialistas europeos, aunque, la verdad sea dicha, el ardor revolucionario de la mayoría de los partidos socialistas europeos era ya, entrado el Siglo XX, más postureo que realidad.

La I Guerra Mundial, sin embargo, propinó a los partidos socialistas europeos, en particular al francés, en el que el PSOE, como todos los pretendidos “progresistas” españoles desde los ilustrados hasta Azaña siempre se había reflejado, una saludable y esclarecedora bofetada de realidad. Los partidos socialistas occidentales, todos ellos con nutrida, y en el caso alemán mayoritaria, representación parlamentaria, habían esperado que, al estallido de la conflagración europea, las masas proletarias que habían de formar el grueso de los ejércitos nacionales se negaran a despedazarse mutuamente con sus camaradas del otro lado de la frontera y dejaran con un palmo de narices a los grandes industriales e imperialistas cuyos intereses, según los partidos obreros, eran los únicos que en realidad se estaban dirimiendo en el conflicto.

Pero los trabajadores europeos acudieron entusiásticamente a los centros de movilización adjudicados, se enfundaron no menos alegremente en sus uniformes, y se pasaron los siguientes cuatro años despedazándose mutuamente en nombre de La Patria. El obrerismo político, ya más acostumbrado a la discusión bizantina en sus endogámicos congresos que al contacto con los obreros de verdad, los que iban a trabajar a las fábricas, había subestimado gravemente el poder emocional y de convocatoria del supuestamente pretérito y obsoleto nacionalismo.

Una vez terminada la guerra, en fin, y cuando los trabajadores regresaron a sus hogares, se encontraron con un panorama laboral radicalmente distinto del de anteguerra: en el haber, las concesiones que todos los gobiernos habían tenido que hacer durante la guerra para mantener la cohesión social y nacional mejoraban sustancialmente las condiciones de los trabajadores, pero, en el debe, las economías desarrolladas se enfrentaban por primera vez a un fenómeno prácticamente desconocido hasta la fecha: el desempleo. Consecuentemente, los partidos socialistas tuvieron que adaptarse a la nueva realidad y a las nuevas reivindicaciones de las masas obreras: los trabajadores, disfrutando de unas condiciones materiales que jamás habían soñado, ya no querían montar barricadas, y se conformaban con la mucho más modesta reivindicación de un sistema de protección social que les asegurase esas condiciones materiales en cualquier circunstancia. 

De socialistas, los partidos obreristas pasaron a socialdemócratas, dispuestos a jugar el juego parlamentario y a respetar las libertades civiles y económicas fundamentales a cambio de un aumento en el gasto social. Por supuesto que no todos los viejos socialistas participaron de la nueva deriva, pero la Revolución de Octubre alumbró la creación de partidos comunistas en todo Occidente que sirvieron de refugio a los elementos más revolucionarios del socialismo, facilitando así la rápida transición de este hacia la socialdemocracia con relativamente escasas tensiones internas. Así, los años 20 vieron al socialista Friedrich Ebert convertirse en Presidente de la República de Weimar y a Ramsay McDonald en Primer Ministro británico, y a varios partidos socialistas europeos, entre ellos el francés, apoyar gobiernos de coalición con varios partidos de centro. La socialdemocracia había llegado para quedarse, y había empujado a los radicales y revolucionarios hacia los partidos comunistas y con ellos a los márgenes de la política parlamentaria en la mayoría de países europeos.

Pero Spain Is Different, como siempre. España, neutral en la I Guerra Mundial, no experimentó los cambios socioeconómicos del resto del continente, aparte de una cierta bonanza industrial gracias a los contratos de armamento y material por cuenta de los Aliados. Sin el conveniente enemigo común que proporciona una guerra extranjera, España no se benefició de la Union Sacrée que en el resto de Europa reconcilió, siquiera temporalmente, a derechas e izquierdas: Ni el PSOE vio la necesidad de interrumpir su programa de huelgas y reivindicaciones, notablemente en 1917, ni al gobierno, por su parte, le tembló la mano para reprimir brutalmente las mismas. Lo que en el resto de Europa era trabajo en común, negociación y compromiso, que en la mayoría de los casos pervivió, siquiera parcialmente, después de la guerra en forma de una aumentada confianza mutua y una mayor proclividad al pacto entre derechas e izquierdas, en España seguía siendo extremismo, sospecha y confrontación.

De manos del cada vez más enfermo e inoperante Pablo Iglesias, una reliquia del Siglo XIX que permaneció al frente del PSOE hasta su muerte en 1925, en un mundo que ya nada tenía que ver con aquel en el que él se había forjado como revolucionario, la renovada deriva de la socialdemocracia europea tardó en permear al PSOE y nunca llegó a hacerlo del todo, en realidad. En justicia, también hay que considerar que los años 20 españoles, que transcurrieron entre el parlamentarismo tramposo diseñado por Cánovas aun antes de la Fundación del PSOE y una dictadura militar, no animaban a nadie a perseguir el poder por unas vías electorales que les estaban, en la práctica, vedadas. 

Muestra de esta ambivalencia, de esta conversión imperfecta del PSOE, fue el duunvirato que sucedió a Pablo Iglesias, con Julián Besteiro, representante del ala más moderada del partido, como Secretario General, pero con el revolucionario Francisco Largo Caballero al frente de la entonces poderosa e independiente UGT, que disfrutaba de una afiliación cinco veces superior a la del propio partido y que no se había convertido todavía en el negociado especializado en enchufes y extorsiones que es hoy.

Largo Caballero, era, curiosamente, más partidario de alianzas con republicanos, Radicales, comunistas y hasta con la dictadura de Primo De Rivera que el propio Besteiro, pero no debemos dejar que la moderación táctica nos impida apreciar el fanatismo estratégico. Largo Caballero entendía que el PSOE no podía alcanzar una mayoría parlamentaria por sí mismo, ni tampoco asaltar el poder de forma violenta porque no disponía de una fuerza armada capaz de oponerse al Ejército y, sobre todo, a la mucho más eficaz y profesional Guardia Civil. Así, entendió que la táctica más adecuada a las circunstancias era formar parte de una coalición que garantizase el éxito electoral, y una vez en el gobierno, aunque fuese solamente como apoyo externo sin ministerios, pervertir las instituciones del Estado hasta situarse, esta vez sí, en condiciones de asaltar el poder. 

Por ejemplo, y entre otras muchas iniciativas con las que no les voy a aburrir, el PSOE saturó la oficialidad de la nueva Guardia de Asalto con sus militantes y se aseguró de que dispusiera de armamento militar, como vehículos blindados o ametralladoras pesadas, que no se puso a disposición de una Guardia Civil percibida como demasiado monárquica y derechista como para intentar su subversión. También usó el PSOE a la propia Guardia De Asalto para proporcionar armamento y adiestramiento militar de forma manifiestamente ilegal a las nuevas milicias socialistas, aunque estas nunca llegaron al nivel de disciplina y organización del famoso Quinto Regimiento comunista, con sus jefes adiestrados en la Academia Frunze del Ejército Rojo.

Sin embargo, y a esto voy con mi ladrillo de hoy, tampoco los largocaballeristas llegaron jamás a controlar completamente el PSOE. Aunque el propio Largo sucedió como Secretario General, tras el breve interregno del anodino Remigio Cabello, a Besteiro en 1932, la corriente socialdemócrata de este seguía siendo muy influyente, y otros dirigentes como Indalecio Prieto o Fernando De Los Ríos, sin que se les pueda calificar de “socialdemócratas” homologables a los del resto de Europa, tampoco eran partidarios de la vía violenta largocaballerista. El PSOE se pasó los cinco años de la República dando a los españoles una de cal revolucionaria y otra de arena socialdemócrata; con “El Socialista” aplaudiendo y alentando las quemas de iglesias e Indalecio Prieto condenándolas en Las Cortes, que aún se llamaban así, como debería ser; apoyando la Revolución de 1934 en Asturias, pero mirando para otro lado en Cataluña, y negándose abiertamente a secundarla en Madrid y en el resto de España; con Largo Caballero dando discursos que prometían el fin de la democracia durante la campaña electoral de 1936 pero aceptando de buen grado dos semanas después el no entrar formalmente en el gobierno para no soliviantar a las derechas.

Nunca sabremos si el PSOE fue genuinamente incapaz de resolver sus propias contradicciones internas, o si todo fue una táctica consciente de la dirección del Partido, mantener dos discursos para apelar tanto a los moderados como a los revolucionarios y dejarse todas las puertas abiertas ante cualquier deriva que pudiese tomar la convulsa II República Española. Por supuesto que todos los partidos políticos, desde siempre, son muy amigos de presentar varios discursos según convenga, pero, atendiendo a la conducta del PSOE durante la Guerra Civil, a mí mucho más me parece que se trató de un genuino conflicto interno. Desde el mismo 18 de Julio, cuando Largo Caballero hizo lo que pudo por conseguir armamento en la Francia de su correligionario Leon Blum para no tener que acudir a Stalin, hasta la mini-guerra civil de Marzo de 1939, cuando Besteiro y Segismundo Casado se enfrentaron a los comunistas que querían proseguir la guerra hasta la última gota de sangre de los demás, una parte sustancial del PSOE hizo lo que pudo por resistir la sovietización de España, mientras que otra parte, encabezada por Prieto y sobre todo por Juan Negrín, se ponía al servicio del PCE y sus “asesores”, dizque los que de verdad mandaban, soviéticos. En cualquier caso, no importa demasiado si los dirigentes del PSOE planearon esa ambivalencia o se encontraron con ella, lo importante son las consecuencias, principalmente una:

El PSOE fue, desde las Cortes Constituyentes de 1931 hasta el Alzamiento, el principal, más bien hegemónico, apoyo electoral y parlamentario de todos los gobiernos izquierdistas, y fue su abstención lo que propició la caída del Gobierno Azaña en 1933. No era, como el PCE, un grupúsculo extremista marginal, ni una caterva de iluminados expertos en la algarada y el asesinato pero sin propuestas políticas viables, como la FAI/CNT, ni tampoco un grupo de autodenominados “intelectuales” pero con escasa conexión con la realidad y todavía más escaso electorado, como Azaña o Casares Quiroga. El PSOE era un partido longevo, sólido, con la dirigencia necesaria para llevar a cabo un programa coherente de gobierno y con el músculo electoral detrás que le proporcionara fuerza y legitimidad a esa acción de gobierno. El rumbo de las izquierdas republicanas, si no el de la propia II República, dependía del rumbo que tomara el PSOE, y todo el mundo, derechas incluidas, era muy consciente de ello.

Y, ¿Qué rumbo sería este? Las clases medias y medias-bajas urbanas, los minifundistas de la mitad Norte de España y los católicos, esto es, los que constituyeron los principales apoyos electorales de la derecha durante la República y después el grueso del Ejército Nacional durante la Guerra, no podían estar seguros, porque, como hemos visto, el PSOE amenazaba con la revolución un día y al día siguiente aplaudía la represión de los anarquistas que la intentaron en 1932. ¿Se convertiría la II República en otra Francia, una república ciertamente escorada hacia la izquierda pero que respetaba la pluralidad política y la propiedad privada, o en la Unión Soviética? Nadie podía asegurarlo.

Más allá de ninguna acción concreta, lo que llevó a España a la Guerra Civil en 1936 fue el miedo. Ningún desmán, ningún atropello, ninguna de las arbitrariedades del gobierno del Frente Popular, con ser constantes y gravísimas, era irreversible. Todo, aun el asesinato de Calvo Sotelo, se hubiera podido remediar, negociar y perdonar, pero ¿Cómo negocias el miedo a lo que pudiera o no pasar, cómo te sientas a negociar con el PSOE de Prieto o Besteiro en un ministerio si en la calle tienes a Largo Caballero al frente de una turba violenta pidiendo tu cabeza? Se puede argumentar, posiblemente con razón, que las derechas fueron demasiado paranoicas y sobre-reaccionaron con el Alzamiento, pero nadie, aparte de los panfletistas subvencionados que pueblan nuestras universidades, puede discutir que las izquierdas pusieron mucho de su parte para crear este miedo entre las derechas. Este es el verdadero crimen del PSOE, por el que debería haber respondido política, si no penalmente, si España fuese un país normal.

 Pero no lo era en 1936 ni lo es en el 2020. La semana que viene, más.

COMENTARIOS [0]
[ doncel ] ha dicho:
25-05-2020

Bravo, Luis. Muchas gracias.

Comienzas tu escrito preguntándote por qué el rojezmo español es más radical. Yo doy un toque a la peonza y la muevo un poquitín de sitio y pregunto por qué es más peligroso.

Y la respuesta para mí es clara: porque es visceralmente antiespañol, como la parte del pueblo que lo jalea, y porque ahí se toca, en pinza fatal, con el secesionismo, del signo que sea, pero absolutamente antiespañol también. Ese es el elemento diferencial español. 

Como hablamos el otro día: ¿concibe alguien un tiempo y lugar en el que un partido rojo -desde Portugal a Rusia pasando por Francia, Cuba o China- se coma un colín trabajando activamente y sin tapujos por la destrucción de la nación y vendiéndola a sus enemigos interiores y exteriores? ¿Concibe alguien una parte sustancial de un pueblo, en el tiempo y lugar que se quiera, que reniegue de su nación y apoye activamente su destrucción para ver cumplida la teoría de que su existencia es un error y su afán irrenunciable de subsanarlo?

Malditos rojos... españoles.

[ Marcus48 ] ha dicho:
25-05-2020

Remarco lo anteriormente dicho: Excelente lección de Historia Política del primer tercio del siglo XX en España. Y al hilo de la bicefalia-esquizofrenia que se adivina dentro del PSOE, una pregunta: ¿Será por eso que, en Madrid, y que yo sepa, sólo se reconocen a Pablo Iglesias y a Largo Caballero como merecedores de estatuas en el Paseo de la Castellana?

[ ocin ] ha dicho:
25-05-2020

¡¡¡¡¡¡Gobierno Dimisión !!!!!!

Sanchez VE TE YA, Hasta los huitos, estamos hasta los huitos, hasta los huitos..............

https://elcorreodeespana.com/politica/209380895/La-revolucion-de-las-cacerolas-Por-Mateo-Requesens.html

[ ocin ] ha dicho:
25-05-2020

Menos mal que ha pasado un siglo, pero si cierras los ojos, una vez leido cualquier párrafo, te das de bruces con la actualidad. Son así, lo llevan dentro y no va a cambiar.

Miedo, mentiras y muertes, ese ha sido la pesoe siempre y ahora no iban a cambiar.

Gracias Almp, por tu lección de historía, espero impaciente la segunda parte.

¡¡¡¡¡¡¡ VIVA LA ESPAÑA VIVA !!!!!!!