[ LUCES DE CHAMARTÍN ]

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PAÍS DE QUIJOTES, Y II

Dicebamus hesterna die que parece que los españoles de hogaño son unos timoratos con alma de rebaño y no de león, ¡Ay!, ¡Tan diferentes de la raza de héroes que obligó a los romanos a emplear 200 años en conquistar Hispania, que más tarde batalló durante 800 a los musulmanes hasta echarlos, o que después exploró y civilizó medio mundo mientras tenía al otro medio temblando de miedo ante sus tercios! ¿Qué nos ha pasado? ¿Dónde quedó aquella raza gloriosa?

Hoy vengo a postular que dicha raza no se ha ido a ninguna parte, que sigue entre nosotros en exactamente la mismita medida que siempre, y que si los resultados son ahora muy otros, las razones no hay que buscarlas entre un supuesto declive genético o moral. Y para explicar todo ello me van a permitir, como les amenazaba en la entrega anterior, que me valga de los dos más inmortales personajes de D. Miguel de Cervantes.

Don Quijote y Sancho son, que así lo quiso Don Miguel, polos opuestos en absolutamente todo, pero para mi argumentación hoy voy a tomar solamente una característica de ambos, la ensoñación de Don Quijote, nacida del exceso de confianza en sí mismo, contra el conformismo de Sancho. Sancho no es un cobarde, como lo demuestra el mero hecho de su fiel y constante compañía a Don Quijote, pero sí que es conformista. Sancho no busca ser gobernador de Barataria, con ir comiendo todos los días le vale, y en esta contraposición, que no deja de ser caricaturesca y que hace poca justicia a la magistral complejidad de los personajes cervantinos, me voy a centrar.

Primero, empecemos con los españoles de hoy en día. ¿Nos hemos quedado sin Quijotes? En absoluto, lo único que no llevan armadura, pero igualmente cargan sin miedo contra molinos de viento. No son generales, ni almirantes, ni exploradores de éxito, son concejales del PP, o del PSOE, no nos olvidemos, en Las Vascongadas, o activistas de Sociedad Civil Catalana, o Guardias Civiles, o misioneros en África, que seguimos, hoy como hace quinientos años, siendo el país del mundo que más misioneros reparte por el mundo. Sin ir más lejos, quijotes anónimos de once años son esos niños que han sembrado de banderas españolas pintadas el colegio catalán donde una mal nacida con empleo de maestra ha pegado a una niña por escribir ¡Viva España!

O, por qué no, quijotes somos los votantes de VOX, y no porque nos creamos moralmente superiores a nadie, que para eso está el rojerío, sino porque aguantar que constantemente te insulten desde las televisiones hasta todos tus conocidos, y que incluso puedas tener consecuencias laborales, por apoyar a un partido en el que no piensas medrar ni del que esperas sacar paguita o subvención alguna, no está exento de cierto quijotismo.

En la primera parte del bodrio hablamos del 11-M, y de los once millones de españoles que se asustaron y votaron PSOE. De acuerdo, pero, ¿Y los diez que no se asustaron y siguieron votando PP a pesar de terrible amenaza que, parecía, se cernía sobre nuestras cabezas? No, damas y caballeros, no nos hemos quedado sin quijotes, en absoluto, solo que hoy van de verde militar o benemérito, de azul policía o bombero, de blanco sanitario, y de muchos otros colores no uniformados, pero que siguen defendiendo a la Sangre y Oro, mucha sangre por bien poco oro.

Vale, no estamos perdidos del todo, pero sí que somos una mayoría de sanchos, y como la belleza de la democracia es que el voto de un Sancho vale lo mismo que el de un Quijote, pues así estamos, los sanchos dictan el signo cobarde de nuestros gobiernos, aunque cada Quijote valga su peso en oro individualmente hablando. La pregunta, me dirán Ustedes, sigue siendo la misma, ¿Qué nos ha pasado? Nada, no nos ha pasado nada. No somos una mayoría de quijotes ahora porque no lo hemos sido jamás en nuestra Historia, o, cuando menos, no tenemos la evidencia suficiente para aseverarlo, como hacía alguna de nuestra historiografía, que ahora mostrar un mínimo de orgullo por España o su obra es incompatible con la obtención de una cátedra universitaria. No somos un pueblo de quijotes, ni de héroes, ni lo somos ahora ni lo fuimos en el 133 a.C. ni en 1212, ni en 1571 ni en 1808 ni nunca. 

Las revoluciones, los hechos heroicos, las grandes gestas, desde que el mundo es mundo y desde China hasta España, las han llevado a cabo unas minorías de chalados que arrastran al resto mediante una mezcla del entusiasmo del momento y el “no quiero quedar como un cobarde”, cuando no, directamente, la intimidación contra el que no quiere dejarse arrastrar por la masa.

 ¿Creen Ustedes que no hubo muchos saguntinos o numantinos, probablemente la mayoría, que hubieran querido rendirse a Aníbal y Escipión? Seguro que los habría, pero la Historia nunca habla de los que siguen la corriente ni de los cobardes, ni tampoco de los que, simplemente, se hubieran ido de sus ciudades al ver acercarse a los cartagineses o romanos. El propio Pérez Galdós, epítome español de la literatura nacionalista tan en boga en el Siglo XIX europeo y el XXI catalán, deja a entender, en sus “Zaragoza” y “Gerona”, que al menos una parte de la población sería partidaria de la rendición, pero se encuentra sujeta al terror de los regímenes impuestos por los partidarios del holocausto.

Habrán Sus Señorías notado, que zotes hay pocos en MqM, que he elegido cuatro ciudades sitiadas, y no es por casualidad. Por definición, cuando una población entera se encuentra sitiada es cuando más participación popular se puede esperar en la resistencia, aunque solo sea porque no hay otras opciones, pero cualquier otra empresa, bélica o civil, implica un grado de voluntariedad que desvirtúa cualquier conclusión acerca del carácter nacional que se quiera extraer de ella. Los 500 de Cortés, o los 13 de Pizarro, o Cabeza de Vaca, Orellana, Elcano o las tripulaciones de Colón, los voluntarios catalanes de Prim en Marruecos o las tripulaciones de Cervera en Santiago de Cuba, no representaron el valor de nadie más que el de ellos mismos. 

No se trata, ni muchísimo menos, de menospreciar nuestras gestas. Que vaya por delante que creo firmemente que el español es el pueblo más desesperadamente valeroso de Europa, y que nuestras hazañas no tienen parangón en el mundo, pero no se trata de eso. Desde prácticamente el origen de los tiempos, hemos demostrado más valor que ningún otro pueblo de Europa, pero la pregunta no es si somos más valientes que los franceses, ingleses, alemanes o, perdón que me da la risa, italianos, sino si se puede deducir de cualquiera de nuestros episodios más distinguidos que la mayoría de españoles, como pueblo, son valerosos o no. Y mi respuesta es que no.

Los hispanos, o íberos, celtíberos y celtas, resistieron a los romanos durante doscientos años, contra los veinte de los galos, por ejemplo, pero ¿Fueron alguna vez los arévacos numantinos o los guerrilleros de Viriato una mayoría? En el Siglo I a.d.C no había encuestas de opinión, pero pensemos que la Hispania de Augusto tenía unos seis millones de habitantes, de los cuales no más de unas decenas de miles eran ex-legionarios italianos en Itálica, Caesaraugusta o Emérita Augusta. Los demás serían hispanos que no tenían ni la más mínima intención de inmolarse antes que someterse al invasor, estilo Numancia, digo yo, ¿No? 

La Reconquista fue un caso de participación popular en la guerra prácticamente único en la Edad Media, diga Hollywood lo que le de la gana sobre Braveheart, pero las, a lo mucho, decenas de miles de milicianos concejiles o caballeros villanos que participaron en Las Navas de Tolosa, por ejemplo, no representan sino una fracción de la población en edad militar de la Castilla medieval, y tampoco olvidemos, por otra parte, que la participación en la milicia concejil no era exactamente voluntaria, sino una obligación legal contraída con la Corona mediante los Fueros, a cambio de tierras y exención de impuestos.

Hablando de los famosos Tercios que aterrorizaron a Europa como nadie lo había hecho desde las legiones romanas ni nadie haría después, seguimos hablando de unas decenas de miles de hombres efectivamente indomables y de los cuales deberíamos sentirnos muy orgullosos, pero unas decenas de miles al fin y al cabo entre un país que en los Siglos XVI y XVII tenía unos tres millones de hombres en edad militar. Desde Pavía hasta Almansa, los tercios de españoles siempre compusieron una minoría de los ejércitos de la Monarquía Hispánica, a pesar de que todos sus generales, desde Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, 3er Duque de Alba y único en su larguísima estirpe que se hizo merecedor de sus interminables títulos, hasta Don Ambrosio de Spínola, que ni siquiera era español, reconocían a los españoles como muy superiores en valor, profesionalidad y abnegación a italianos, alemanes, borgoñones, flamencos y demás súbditos de la Corona. ¿Tan tontos eran en Madrid que preferían gastarse el dinero en reclutas de una reconocida peor calidad antes que en enrolar más españoles? ¿O será que había que echar mano de todos los demás porque no había más españoles que quisieran alistarse? Piensen un poco en ello.

Hablemos también de las guerrillas, esa forma de hacer frente a invasores tecnológicamente superiores en la que tanto nos hemos distinguido los españoles históricamente que hoy, en casi todos los idiomas, se usa el término en el original español sin traducir. En principio, las guerrillas presuponen una participación popular y espontánea, pero no nos entusiasmemos. ¿Estaban todos los lusitanos con Viriato, todos los asturianos con Don Pelayo, o todos los navarros con Espoz y Mina? No, por supuesto que no. ¿Y el Dos de Mayo? Es difícil de saber, pero si los propios españoles se quejaron el tres de Mayo de que los franceses fusilaron a gente que no había tenido nada que ver con la sublevación, y hasta los más anti-franceses cifran la cuenta de fusilados en tres mil, ¿Dónde deja eso a un “Pueblo de Madrid” que, según el censo de 1790, tenía 180.000 habitantes?

Damas y caballeros, hasta que el Siglo XX nos ha traído el servicio militar obligatorio y universal, el heroísmo, en el grado que se quiera, de unos cuantos soldados o marinos escogidos y voluntarios no significa absolutamente nada con respecto al valor de la nación en conjunto, y en el Siglo XX casi mejor no hablemos. Para no seguir haciendo el ridículo en Marruecos después de Annual tuvimos que crear el Tercio de Extranjeros, y en la Guerra Civil, tanto unos como otros sobre-utilizaron hasta el agotamiento a sus respectivas mejores unidades, porque, después de dimes y diretes, ni unos ni otros podían fiarse de las masas de reclutas con las que llenaron sus ejércitos a partir de 1938. Bueno, de 1937 en el caso de los rojos, y eso que, parece, ellos eran “el pueblo en armas”, pero un día profundizaremos en esto, les prometo.

En fin, elijan el ejemplo que gusten, pero ya habrán adivinado por dónde voy. Nuestros quijotes han sido, y todavía son, mucho más quijotes que sus equivalente foráneos; no hay Núñez de Balboas, Cabezas de Vaca, Elcanos, Legazpis, Blases de Lezo o Agustinas de Aragón en ningún sitio, les haga Joligud películas o no; hasta podemos afirmar que tenemos una proporción más alta de quijotes que nadie, como evidencian los diversos episodios de la Guerra de Independencia, por ejemplo; pero nunca jamás hemos sido, en el sentido de proporción mayoritaria, “un país de quijotes”.

La diferencia de hogaño con antaño no es, en absoluto, la supuestamente peor fibra moral de los españoles presentes con respecto a los pretéritos, sino que, hasta que el Siglo XX nos ha traído los ejércitos de recluta obligatoria y las elecciones libres, no ha habido nunca, en ninguna época ni ningún país, una empresa que necesitase de la participación activa, voluntaria y consciente de una mayoría de la población, y aun lo de los ejércitos es discutible, que dos democracias consolidadas como el Reino Unido y Francia se vieron obligados a ejecutar a cientos de hombres por deserción durante la I Guerra Mundial, muchos más que el tiránico ejército del Kaiser, por cierto.

Mientras pudimos confiar en las gestas de una minoría, nuestras banderas siempre han sido honradas por el valor de nuestros soldados y marinos, así tuvieran que cargar, gracias a la incompetencia de sus gobernantes, con barcos de madera contra acorazados yankees, pero en cuanto alguien le ha preguntado a la mayoría qué quería, las respuestas han sido consistentemente mediocres. No necesariamente cobardes, pero sí mediocres y conformistas, desde las revueltas contra la leva para África de 1909 hasta las sucesivas renuncias, en 2004 y 2019, a enfrentarnos frontalmente a las dos principales amenazas que se ciernen sobre España, el Islam y el rojo-separatismo, si es que la una no es un corolario de la permisividad del segundo. 

Fuimos capaces de un esfuerzo titánico para no solo sacar a España del desastre en el que la Guerra Civil nos dejó, sino para aproximarnos a los niveles de desarrollo europeos en un tiempo récord, y no, la gesta no se debe solo, aunque también, a que Franco obligaba a la unidad de propósito, porque ninguna dictadura puede hacer trabajar duro a la gente si no tiene incentivos, y si no, que le pregunten a Brezhnev o a cualquiera de sus correligionarios coetáneos. Ahora bien, una vez que alcanzamos, en los 60 y 70, el pisito en propiedad, el Seiscientos y el mesecito en Torremolinos, decidimos que ya, que los Mercedes se los podían quedar los alemanes, que nosotros ya andábamos bien así y que el sol, la siesta y las tapas compensaban de sobras.

Y el resto de la historia ya la conocen, desde los gobiernos socialistas que cerraron todas nuestras industrias a cambio de subvenciones europeas con nuestro entusiasta voto, y es que colocarse de funcionario autonómico da mucho menos miedo que montar una empresa, hasta el día de hoy. Y es que “Señor, que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para mañana, y no aventurarse todo en un día”.

Supongo que alguien le diría algo parecido a Hernán Cortés, pero también a Miguel Ángel Blanco o Amancio Ortega, y los tres ignoraron el aparentemente sabio consejo. Pero los gobiernos, ¡Ay! no los votan unos pocos grandes hombres.

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[ ZAPEZIPI ] ha dicho:
08-07-2019

Pido perdón anticipado por la asquerosidad de la foto del enlace:

https://www.elespanol.com/opinion/20190707/ratonera-querian-pelea/412088789_13.html

Pero esto debe difundirse hasta hacerse viral. Esto es el orgullo de ser de izquierdas: guarros, maleducados, subvencionados ...y protegidos y arengados por el ministro de interior.

[ retaso ] ha dicho:
07-07-2019

Antaño, ésos que ALMP ha calificado de Quijotes escribían la historia de España, y el resto les rendía admiración y homenaje. Sancho servía al hidalgo.

Hogaño, a Los Sanchos se les ha convencido de que la historia la escribe el pueblo -o sea, ellos-, y que el liderazgo es del pueblo -o sea, la democracia. A los Quijotes se les ha dejado solos.

Los Sanchos de antaño consideraron héroes a Daoíz y Velarde, y les dedicaron la plaza que fué testigo de su arrojo. Pero en 1908, las celebraciones del 2 de Mayo no merecieron más que el desagrado de ZoPenco. Esperanza Aguirre hizo lo que pudo, pero la que debió ser fiesta nacional pasó desapercibida, porque lo nacional es considerado por la siniestra como algo deplorable  Y ahí es donde empiezan los males actuales. La siniestra se ha hecho con los Sanchos, y los ha degenerado. Nunca fueron los protagonistas, pero admiraban a quienes si lo eran. Hoy en día, en cambio, se averguenzan de ellos, y más de un imbécil lamenta la Reconquista.