[ TIRAD SOBRE EL PIANISTA ]

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NO ABDICA NADAL

Las elecciones “test” del 25 de Mayo al Parlamento Europeo han dejado una imagen clara del posicionamiento de una sociedad hastiada de la crisis económica y la corrupción cuasi generalizada, consecuencias directas del bipartidismo egoísta y cortoplacista. Un hastío, ese sí, transversal, pero que alimentado con el componente ideológico hace que el fraccionamiento de la sociedad sea preocupante y peligroso para la estabilidad futura del país. Y me temo que ninguno de los dos principales responsables, por acción u omisión, de la deriva suicida de la España de hoy, los muertos vivientes llamados PP y PSOE, están capacitados para resolver el problema que ellos mismos han creado. Es más, creo que tampoco desean hacerlo pues hasta ahora, con este régimen, le ha ido muy bien a las élites políticas y a su entorno más fiel y amancebado. Ellos, y los medios de comunicación que intentan sobrevivir a cualquier precio, son los que han dado vida al peligroso fenómeno de Podemos, cuya cabeza visible es el listo y egocéntrico Pablo Iglesias, el hombre que quiere implantar el castro-chavismo en España y que en muy poco tiempo ha encontrado más de un millón de desinformados – y soy muy generoso al calificarlos así – que no quieren enterarse de cómo se vive en Cuba, Venezuela o Bolivia; que no quieren saber que quien les promete tantos sueldos sin contraprestaciones y la expropiación todo lo que les parezca deseable lo que hará  será generalizar la miseria, hacerla endémica e irreversible, como en Cuba y en la Venezuela donde el tan valorado y apetecible petróleo pertenece - supuestamente - al pueblo. Eso sí, como en Cuba y Venezuela, las élites en el poder viven como los burgueses a los que tan duramente desprecian en sus demagógicos discursos para captar clientes, que no otra cosa son los ingenuos que compran esas falsas acciones. Esta es la Bankia o la Afinsa de la política de izquierdas. Y lo peor es que luego, los afectados, no tienen derecho a reclamar, porque el que abre los ojos y comprende el engaño es entonces el enemigo, el contrarrevolucionario, el “gusano”. ¿Como se llama eso? No sé, depende de las convicciones y la honestidad intelectual de cada cual, yo lo llamo “dictadura totalitaria” y otros, como ha hecho Doctor Llamazares en relación a la Cuba de Castro, simplemente “revolución”... y vale ya.

Y por si todo esto fuera poco, aparece el Rey Juan Carlos y anuncia su abdicación. No debe de haber tenido mucho tiempo para pensar en una coyuntura mejor para entregar a su hijo los trastos sucesorios. ¡Ah, los Borbones! Otra vez el “síndrome de Alfonso XIII”. Pero esta vez, aunque su oportuna decisión reabra la nunca totalmente cerrada sandía republicana – bien roja por dentro, por cierto- dizque nos deja el sucesor mejor preparado de toda Europa y también, qué curiosa coincidencia, el único posible. Y esta optimista afirmación aparece refrendada en todas las encuestas que he visto en estos últimos días. Yo, sin embargo, no sé si está preparado. No tengo información suficiente para saber si lo está o no. Sí creo que lo han formado para eso desde que nació, pero estar listo y capacitado para enfrentarse a la herencia separatista que le deja su padre es otra cosa bien distinta. Desconfío de los que nacen con el futuro asegurado y tienen desde siempre eficientes ayudas en todo lo que hacen. No creo tampoco en el poder que se hereda por la sangre. Creo en lo que se alcanza a base de méritos y esfuerzos propios y en lo que se consigue sin otra ayuda que la que uno mismo se ha sabido forjar. Por eso creo - y vamos, por fin, a hablar de mi libro – que Rafael Nadal, el Rey de la Arcilla, el que nunca va a abdicar, es uno de los pocos ejemplos a imitar en la España de hoy.

Estaba pesimista este año, la temporada de Rafa en tierra batida, su reino, había sido la más mala de su vida: sacado de juego en cuartos por Ferrer en su principado de Mónaco,  eliminado por Almagro, también en cuartos, en su ducado de Barcelona, victorioso en Madrid gracias a la lesión de un Nishikori que lo estaba dominando y, para rematar, derrotado en la final de Roma por su principal enemigo, Novak Djokovik, luego de haberse anotado el primer set. Me parecía también que Nadal estaba perdiendo algo de la combatividad que lo había caracterizado siempre y, lo peor, sentía que ante una posible final contra el servio, Rafa saldría mentalmente inhibido.

Los primeros encuentros de Grand Slam de Paris, contra rivales de poco peso, aunque fueron ganados con facilidad no me tranquilizaban, necesitaba de un rival de primer nivel y ese fue, otra vez, David Ferrer en cuartos. Rafa cedió el primer set ante un David superior, pero luego mejoró y ganó el segundo y a continuación, todavía no sé por qué, Ferrer se vino abajo. Había mucho viento esta tarde, pero eso no me explica del todo por qué un defensor tan preciso como él se volvió, de repente, tan errático en los dos últimos sets, y ese raro partido tampoco me sirvió para valorar el estado de Rafa. Y entonces llegó el calor, y con él, Andy Murray en las semifinales. Murray, muchas veces un simulador de miserias, parecía cansado. No sé si lo estaba, pero Nadal lo barrió de la pista en su mejor partido en tierra de toda la temporada. Era otra vez, quizás porque ya la veía la Copa más cerca, el mosquetero ideal, esa mezcla de la audacia de D’Artagnan, la fina inteligencia de Athos y el saber estar de Aramis. Era el Rafa Nadal que queríamos volver a ver, pero quedaba ver si podría sobreponerse al mortífero y astuto Richelieu serbio.

La gran final de la que podría ser la Novena de Rafa empezó equilibrada. Se notaba a los dos jugadores algo tensos y nerviosos pero los primeros siete juegos fueron ganados por los respectivos sacadores. Con un 4-3 de ventaja le tocó a Nadal llevar la iniciativa en el octavo y, como otras veces ante el serbio, se vino abajo y cedió ese decisivo juego: el primer set estaba sentenciado y Djokovic, como siempre hace, lo cerró con un mensaje corporal de subyugador dominio. Sólo quedaba por ver si, otra vez, Rafa era incapaz de reaccionar. Sólo quedaba por ver si era capaz de abdicar, sin pelear hasta el final, el reinado más longevo de la historia del tenis.

Rafael Nadal tiene otra virtud que me recuerda a la del viejo pescador hemingyano. Como él, Nadal tiene el coraje del que sabe de hay que pelear hasta el final y que hay que hacerlo solo, sin otra ayuda que una voluntad que no debe permitirse desmayos. Nadal, también isleño, como ya ha demostrado muchas veces, puede ser vencido, pero nunca derrotado. Y volvió a ser el de siempre en el segundo set y en el tercero, que lo puso a un paso de volver a morder la Copa. Fue en ese sintomático tercer set donde el gran actor que es Novak Djokovik intento provocar pena para atenuar el paso triunfal de Nadal y me recordó a la actitud de uno de los dos equipos que se disputan las supremacía futbolera en España, los teatreros del Barcelona, como Sergio. Pero Rafa lo conoce y no compró distracciones: con la seguridad madridistas como Alonso o Arbeloa cerró el tercero y luchando con los nervios, por la grandeza de la conquista, y con la ayuda del serbio, muy afectado por el resultado, cerró el partido gracias a una humilde doble falta. Fue lo único que eché de menos, que Rafa rematara la faena con un winner de derecha que dejara clavado a Novak.

Las reacciones de Rafa luego de consumar la victoria, la generosidad con el vencido, el emocionado abrazo con los suyos y, sobre todo, con su tío y entrenador, me conmovieron. Rafa y su equipo son un ejemplo de lo que pudiese ser España si, por una vez, prevaleciera el juego limpio. Y a mí que no me hablen de Ramos, Casillas o Cristiano Ronaldo, si quiero poner también un ejemplo arquetipo de madridista, ese es también Rafael Nadal.

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