[ LUCES DE CHAMARTÍN ]

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NO NOS VALE NADA, III

En su día les prometí que acabaríamos esta serie centrándonos en España, y en el por qué la derecha española es, si cabe, todavía más cobarde y pusilánime que la del resto del mundo. Como la explicación que le encuentro no es sencilla, voy a tener que faltar a mi palabra, y alargar esta serie hasta un cuarto y quinto episodio. Espero que me acompañen en el viaje.

Una introducción necesaria

Pero primero, aclaremos a qué me voy a referir en esta trilogía, que ahora están de moda, como “derecha” e “izquierda”, habida cuenta de que las propuestas de los que en 1848 se levantaban contra sus reyes hoy pasarían por ultra-liberales, de que durante la mayor parte del Siglo XIX nadie hizo mucho caso a los que después ocuparían la “izquierda”, esto es, los movimientos obreristas, y de que la “izquierda” hoy, por lo menos en los países semi-normales, no es tan radical como antes de que la Caída del Muro de Berlín les dejase en paños menores ideológicos. O más bien de que la gente se diese cuenta de ello, porque en paños menores ideológicos estuvieron desde que Marx, Don Carlos, metió la pata cuando atribuyó las plusvalías de la producción al trabajo y no a las ideas, el diseño y la organización. En fin.

Mi concepto de “izquierda” y “derecha”, siendo que tengo que abarcar dos siglos y llamar “izquierda” tanto a Riego como a Pablo Iglesias, o, si lo prefieren, me veo obligado a llamar “derecha” a Rajoy, que también tiene narices, solamente puede ser comparativo si es que pretendo mantener un simulacro de coherencia: reconociendo, pero contraviniendo, los orígenes de los términos en el Juego de Pelota parisino, “derecha” va a ser simplemente lo que en cada momento se aproxime más a la defensa de la libre empresa dentro de cada país, e “izquierda” lo que más se aleje. Así, “izquierda” será, en 1850, quien pretenda que los patronos no hagan trabajar a la gente las jornadas que quieran por el sueldo que quieran, en 1950 será quien no quiera que las empresas vendan lo que quieran por el precio que quieran, y en 2017 es quien no te deja pensar lo que quieras ni disfrutar de la mayor parte posible de tu sueldo. Establecido esto, pasemos al asunto:

Desde la caída, excepción hecha de Rusia, del Ancien Régime entre 1789 y 1848, lo que se puede llamar “derecha” en Europa ha tenido, sucesivamente, dos grandes soportes ideológicos: el nacionalismo y la libertad. No en vano se ha llamado al Siglo XIX el Siglo del Nacionalismo, y no hay muchas de estas etiquetas históricas que me parezcan más acertadas. En efecto, una vez muerto y enterrado el Derecho Divino representado en coronas y mitras, la razón última que justifica cualquier acción, atropello, injusticia y guerra es La Nación. En nombre de La Nación estaba estupendo invadir continentes, mientras que cuando España lo había hecho trescientos años antes en nombre de Dios era “fanatismo” e “intolerancia”; en nombre de La Nación se podían romper convivencias seculares en el Este de Europa, y cristianos, musulmanes y judíos que habían vivido perfectamente en paz durante generaciones empezaron de repente a matarse; y en nombre de “la nación” , en fin, se podía exigirle a la gente que no protestara demasiado por su jornada de 16 horas sin fines de semana.

A raíz de la I Guerra Mundial, el nacionalismo perdió buena parte de su lustre, y es que no es lo mismo una guerrita colonial donde moría un puñado de soldados profesionales que un Verdún donde podría haber caído tu propio hijo, y el que le quedaba lo acabó de perder al final de la II, esta vez no ya solo por los desastres de la propia guerra, sino porque las peores atrocidades fueron cometidas precisamente por los que habían hecho del nacionalismo exacerbado su bandera. O las peores, o las más televisadas, pero Stalin ganó la guerra y las cámaras no entraron en Kolyma ni Katyn como entraron en Bergen Belsen, en fin, ya hablamos de eso hace tiempo.

Pero 1945, igual que se llevó nuestra idea de referencia, nos trajo un nuevo, y mucho más peligroso enemigo que Hitler, su antiguo aliado Stalin, y los nuevos enemigos necesitan, además de nuevos esfuerzos bélicos o prebélicos, de nuevas ideas que sustenten dichos esfuerzos. Frente a una ideología que estaba sojuzgando a media Europa a marchas forzadas, y que para tapar sus atropellos estaba extendiendo ese “Telón de Acero” del que hablaría Churchill en 1946, las luminarias, sin sarcasmo, occidentales entendieron inmediatamente que los europeos no se unirían nunca en defensa de la propiedad privada o el libre mercado, pero que la libertad sí que resultaba un ideal atractivo y sencillo de conceptualizar y vender para contraponerlo a la “igualdad” comunista. Por supuesto, la Guerra Fría se libró en muy variados campos de batalla y con multitud de armas diferentes, desde los tanques de Corea a los dólares del Plan Marshall o los Apollos y los Sputniks, pero la Guerra Fría fue una guerra sobre todo ideológica, donde la propaganda jugó un papel crucial, y si no, acuérdense de Vietnam: bajo cualquier criterio estrictamente militar, los gringos estaban ganando esa guerra, y de calle. Se estima que hubo cien muertos norvietnamitas o del Viet Cong por cada estadounidense muerto, pero todo se vino abajo cuando, primero, Washington no consiguió convencer a su gente de la justicia y necesidad de su lucha, y finalmente, cuando a Hanoi se le dio mucho mejor que a Saigón el hacerlo con los propios vietnamitas.

Pero en general, y salvo errores puntuales, la batalla de las ideas se planteó bien desde el principio, y se mantuvo coherente y enérgicamente hasta la victoria final en 1989. Desde el inteligentísimo “Free World” -no “capitalist world”- del extraordinariamente infravalorado Truman, pasando por el discurso inaugural de Kennedy, aquel “Let every nation know, whether it wishes us well or ill, that we shall pay any price, bear any burden, meet any hardship, support any friend, oppose any foe to assure the survival and the success of liberty”, hasta el “Mr. Gorbachov: Tear down this wall!” del todavía más injustamente tratado Reagan, el eje de la batalla ideológica que plantea Occidente ha sido la libertad, no el bienestar económico.

Aun entre las principales víctimas del comunismo, esto es, sus súbditos, que no ciudadanos, no era el bienestar económico el principal anhelo de la gente, sino la libertad. Claro que los alemanes del Este se debían hacer preguntas incómodas cuando sus primos occidentales venían a visitarles en Mercedes, pero Budapest en 1956, Praga en 1968, y finalmente Polonia en 1980, no se levantaron pidiendo neveras, sino elecciones libres. Hasta los propios comunistas se acabaron dando cuenta, encabezados por los llamados “eurocomunistas” italianos, franceses y parte de los españoles, la facción de Carrillo, opuesto al carcamal físico y mental de Ibárruri, quienes empezaron a aceptar la posibilidad de elecciones libres porque se dieron cuenta de que era muy difícil luchar contra la idea de la libertad.

Aun hoy en día, en fin, mayormente cautivo y desarmado el ejército rojo mundial, las derechas internacionales siguen hablándonos de libertad, y tirándosela en la cara a las izquierdas. Claro que, aparte de Spain is Different, ya no hay estalinistas en ningún lado, y la derecha no necesita plantear el debate en términos tan maniqueos porque tampoco la izquierda pretende ya meter a nadie en un Gulag, pero los conceptos básicos siguen siendo los mismos: es evidente que si un partido socialdemócrata quiere quitarte la mitad de tu sueldo en impuestos, lo que está haciendo es coartar tu libertad, y así lo plantean, hábilmente, las derechas europeas, porque saben que el egoísmo fiscal no es vendible en un mitin.

La derecha española desde Napoleón hasta el 98

¿Y en España? No, en España no. Las derechas españolas no pudieron ni supieron usar la “Patria y el Progreso” en su día, ni han sabido apropiarse de la “libertad” después, y de ahí vienen nuestros males ideológicos. Empecemos por el principio, que yo sitúo en 1808 exactamente, porque hasta entonces el devenir de España no había sido sustancialmente diferente del de otros países de nuestro entorno, que se dice ahora: 

España, no especialmente rica para empezar, sufrió las Guerras Napoleónicas en mayor medida que ningún otro país europeo, además de la pérdida del Imperio como consecuencia directa, pero, aun con ser ambos durísimos golpes, no me parecen el legado más nefasto de L´Empereur. No, de mayor devastación nos recuperamos después de 1939, y también Francia supo crearse otro imperio después de haber perdido el suyo no mucho antes que nosotros.

No, lo peor que nos pudo pasar en 1808 es exactamente lo que nos pasó, que la resistencia al invasor la tuvieran que organizar no la corona, los Grandes de España o los generales, sino los capitanes Daoiz y Velarde, la costurera Manuela Malasaña, los huertanos Andrés Torrejón o “Tío Jorge” Ibor, Agustina de Aragón, El Empecinado o el Cura Merino. Claro que queda muy romántico lo de la resistencia popular, y en 1870, cuando Gambetta estaba organizando la resistencia de París ante los prusianos, lo hacía al grito de “que París sea la Zaragoza de los prusianos”, que a los maños siempre nos salta la lagrimita, y tal, pero los fríos hechos son eso, muy fríos, y en 1813 nos encontramos con, primero, una corona y unas instituciones completamente inoperantes cuando no inexistentes; segundo, con un pueblo que se había liberado él solito y no le tenía ni el más mínimo respeto a ninguna institución; y tercero, con un ejército de tradición revolucionaria y política, organizado de las cenizas del ejército profesional borbónico por capitanes y sargentos, cuando no directamente por guerrilleros civiles, y que estaba acostumbrado a gobernar los territorios donde operaba sin poder referirse a ninguna autoridad central, que estaba, por supuesto, en manos francesas. Peligrosos precedentes.

Con un país devastado, un imperio perdido, una administración pública en ruinas, un pueblo levantisco, un ejército politizado, y por si fuera poco el rey más inepto y traidor que ha tenido España en toda su Historia, y mira que la competencia es grande, la “derecha” española no tuvo jamás ninguna oportunidad de poder plantearse objetivos más elevados ni de más largo plazo que la pura y dura supervivencia, y si a todo lo anterior añadimos las tres guerras, ¡tres! que le montaron desde su propio bando los carlistas, ni siquiera una combinación perfecta del Gran Capitán con Bismark hubiera podido sacar vuelta buena de todo aquello.

Y ante todo esto, ¿qué tenía que ofrecer la derecha española, tanto material como ideológicamente? ¿Dios, Patria y Rey? Aparte de que el Dios y el Rey gozaban de poca popularidad en la Europa post-napoleónica, eran precisamente los del “Dios, Patria y Rey” los que arruinaron el Siglo XIX español, por mucho que ahora solo nos acordemos de la brillante y probablemente imprescindible aportación del Requeté a la Cruzada. ¿Orden, Patria y Progreso, como hacían Luis Felipe, Napoleón III y los republicanos de derechas en Francia? Orden, poquito, y no por culpa de los pocos obreros y los muchos campesinos que había, precisamente; progreso tampoco mucho, o desde luego no el suficiente para ofrecerle perspectivas razonables al pueblo; y Patria, en fin, aparte de alguna alegría que nos dimos, como Wad-Ras o la honra sin barcos de Méndez Núñez, no nos podíamos comparar con los continentes enteros que Europa, desde Inglaterra a países insignificantes como Bélgica o Portugal, estaba conquistando.

Después de los desastres sin cuento de la década 1868-1878, incluida una República con cuatro presidentes en trece meses, que no me extraña que tamaño éxito fuera considerado como la solución a todos nuestros males en 1931, y ahora otra vez en el 2017, por fin vino el general Pavía a poner un poco de orden entrando en las Cortes a caballo -eso te faltó, Tejero, hombre, que la política, golpes de estado incluidos, es sobre todo teatro-. La Restauración trajo a España un rey interesado en su trabajo por primera vez desde Carlos III, y sobre todo un sistema político homologable al británico, por ejemplo. España empezó a prosperar, se pacificaron y explotaron adecuadamente Cuba y Filipinas, se extendieron los ferrocarriles más de lo que, teniendo en cuenta la pobreza del país y la dificultad de la orografía, se hubiera podido esperar, e incluso, tímidamente, empezó a aparecer por toda España un tímido tejido industrial. Nuestro comienzo de Siglo XX ciertamente se presentaba esperanzador, pero no iba a ser. Nos vemos la semana que viene.

COMENTARIOS [0]
[ portega ] ha dicho:
11-08-2017

Espero impaciente la siguiente entrega.

Efectivamente, creo que el rey Felón ha sido el peor, aunque su padre le sigue muy de cerca. En cualquier caso la competencia es grande.