[ LUCES DE CHAMARTÍN ]

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LOS PREPARADITOS

Al socaire oportunista de la reciente polémica sobre la educación bilingüe que ofrece la Comunidad de Madrid, quería hoy incidir en un aspecto particularmente insidioso de esta postmoderna educación que nos estamos dando, o más bien estamos dando a las generaciones venideras, ahora que está tan de moda agobiarse por las seis u ocho especies de insectos amazónicos que nuestros bisnietos no van a poder conocer.

No vengo a quejarme de los diversos sesgos ideológicos que le estamos dando a la educación, porque, siendo ecuánimes, estos son tan viejos como el mundo, desde los moralismos nacionalistas de Tito Livio hasta los teatrillos antiespañoles de los parvularios catalanes. Tampoco es el adoctrinamiento escolar patrimonio exclusivo de las dictaduras, ni propio de épocas pasadas o de sociedades pseudo-democráticas como el mencionado País Petit. Bien es cierto que en democracia el mensaje no puede ser tan crudo y agresivo como en las sociedades totalitarias, pero no por más sutil deja de estar presente, y el que crea que estoy siendo demasiado cínico, que considere cómo en los liceos franceses la II Guerra Mundial la ganó De Gaulle él solito, pero en las escuelas británicas la guerra acabó en 1940, cuando Hitler decidió suicidarse después de perder una docena de aviones sobre Londres. Eso sí, en una cosa están de acuerdo a ambos lados del Canal de La Mancha: ¿Qué Holocausto? No sea que se ofendan los de siempre, pero ya volveremos sobre eso algún día.

Tampoco estoy hablando de las diversas modas o tendencias, porque también las ha habido siempre, desde los tutores griegos que resultaban imprescindibles en cada familia senatorial romana después de las Guerras Macedónicas hasta las colonias en Irlanda para la niña, igualmente necesarias en cada familia chaleto-adosadal española actual, que si te encuentras con los vecinos en el foro, digo en el multicine, y no dices que tienes al niño estudiando con Polibio en Dublin, te llaman muerto de hambre. 

¿Vengo a quejarme, entonces, de que solamente los padres más acomodados pueden evitarles a sus hijos el estudiar valenciano, y no más matemáticas? ¿O de que no todo el mundo puede permitirse que los niños aprendan a liarse canutos, digooo, inglés, en Irlanda? Seamos serios, el que los vástagos de las clases altas tengan más oportunidades que los demás es tan viejo y durará tanto como el mundo, porque la única alternativa sería, por un lado, predeterminar el destino educativo y profesional de cada niño desde la cuna, en función de la cruda biología, y por el otro, invadir la vida privada de las personas hasta unos extremos a los que nadie, ni siquiera Stalin, quien por cierto creó una escuela especial para Jakov, Vasily y Svetlana, o Kim Jong Il, quien mandó al gordito, porque en el Paraíso Socialista solo hay un gordito, a estudiar a Suiza, se atrevieron. En fin, ahora los CUP-podemitas quieren que a los niños los eduque “la tribu”, pero si quieren vivir en las páginas de pesadilla del injustamente ignorado Zamyatin, las de los más famosos Orwell o Huxley, o en las del normalmente malinterpretado Santo Tomás Moro, me parece dabuti, pero que dejen en paz a los críos, sobre todo a los que no son suyos. 

A lo más que podemos aspirar entonces es, no a la completa igualdad de oportunidades, sino a que estas se repartan lo mejor posible, y en ello llevamos, a pesar de los loables pero incompletos esfuerzos de la Iglesia, no más de unos ciento cincuenta años, en concreto desde que franceses y prusianos se dieron cuenta de que dos años de mili no eran suficientes para convencer a sus granjeros de que cruzaran el Rin, en un sentido o el otro, a matarse con otros granjeros contra quienes nada tenían, y que tenían que traer a los quintos pre-adoctrinados desde la escuela.

El resto del S. XX, en fin, presenció incrementos paulatinos en esta accesibilidad a la educación, pasando de la primaria a la secundaria y finalmente a la universitaria, sin nunca eliminar, como hemos dicho, las ventajas que tienen los hijos de los ricos y cultos -dejando aparte el dinero, tampoco es lo mismo criarte con unos padres que sólo leen el Marca que con unos que te llevan de viaje por los castillos y catedrales de toda España-, pero sí reduciendo la desventaja hasta el mínimo posible que no signifique invadir la libertad personal de cada padre de educar a sus hijos como mejor sepa y se pueda permitir. Demagogias aparte, hoy, en cualquier país medianamente desarrollado, un niño de colegio público tiene todas las oportunidades necesarias para ir a la universidad si quiere, y sin tener que ser un prodigio ni pasarse doce horas diarias empollando.

Por supuesto, lo que se enseñaba en las escuelas en 1904 no era lo mismo que se enseña hoy, lo que en una escuela soviética hubiera sido imprescindible en Estados Unidos hubiera sido legalmente punible, y lo que se aprende en una escuela catalana ahora mismo llevaría al psicólogo a cualquier niño en un sitio medio normal, pero no nos concentremos en la circunstancia sino en la sustancia: se enseñe lo que se enseñe en cada sitio o cada época, el principio regente ha sido siempre el mismo, constante e inmutable: los mejores acababan siendo recompensados con mejores notas, con becas, con acceso a las carreras y universidades más prestigiosas y, en última instancia, con unas vidas profesionales más exitosas. 

Pero en este postmoderno S. XXI nos enfrentamos a una situación radicalmente nueva, sin paralelo en ninguna época o régimen político, y no estoy hablando de las “Educaciones para la Ciudadanía”, ni de las “Concienciaciones LGBT”, y ni siquiera de los curricula escolares en idiomas de tanta difusión internacional como el catalán, porque todas estas barbaridades no dejan de ser petardos ideológicos como tantos nos han estado metiendo desde siempre, sin que la Humanidad haya dejado de progresar.

No. El verdadero giro copernicano de la educación del S. XXI es que ahora parece ser que recompensar al estudiante aplicado es una agresión intolerable contra el holgazán; que disciplinar a un cabroncete que alborota todas las clases -y lo dice un ex cabroncete que se pasaba más tiempo en el pasillo que en clase- va contra su derecho de “expresarse”, y que dicho derecho de expresión es superior al que tienen los alumnos más dóciles a que les dejen escuchar las clases en paz; que las clases tienen que avanzar siempre al ritmo del más torpe; que no se pueden establecer clases de niveles diferentes; que todo el mundo tiene que ir a la universidad por decreto, a estudiar lo que sea; que pretender un 5,5 de media para la renovación de una beca es “fascista”; que se permita a estudiantes de 15 años, sin derecho al voto ni a tomarse una cerveza, organizarse en sindicatos que mediatizan la aplicación de los planes educativos. En fin, que cada cual añada su ejemplo, tampoco quiero predicar al converso.

Y, ¿Por qué es tan grave, entonces, este igualitarismo, y por qué me parece más grave dejar pasar de curso a un mentecato con seis suspensos que enseñarles a los críos, por ejemplo, que Cervantes y Colón eran catalanes o que Kim-Il-Sung fue el primer humano en pisar la Luna?  Porque los currículums sesgados, tan nocivos como puedan ser, no ponen en peligro el principio básico en el que se basa el progreso de la Humanidad, esto es, la relación causa-efecto entre el esfuerzo y una vida mejor. Puede que crezcas convencido de que Cervantes era catalán, pero mientras crezcas en un sistema escolar que premie tu brillante redacción antiespañola si es mejor que las de tus compañeros, saldrás de la escuela con los hábitos de trabajo necesarios para alcanzar el éxito en lo que te propongas y con las armas intelectuales, y ejemplos sobran, para cambiar tus opiniones a medida que tienes acceso a información libre.

Por el contrario, si lo único que has visto durante tus primeros veinticinco años es que da exactamente igual trabajar que no, esforzarse que no, cazar las ideas a la primera que necesitar que te las explique Coco el de Barrio Sésamo, va a dar igual que después te den acceso gratuito a la mejor biblioteca del mundo, que tú vas a preferir el bar. Se atribuye a los jesuitas, probablemente de forma falsa, aquello de “dadme al niño, y os devolveré al hombre”, pero la inversa también es cierta: si te dan a un niño con cinco años, y devuelves otro niño con veinticinco, seguramente se morirá siendo un niño, fracasado y sin entender por qué ha fracasado. Hagan el ejercicio, damas y caballeros, piensen en diez, veinte o cincuenta nombres de comunistas o secesionistas reconvertidos, y después busquen algún ejemplo de holgazanes a los veinticinco que hayan acabado triunfando. Pues eso. 

Y aquí viene la insidia a la que aludía al principio, porque esta holgazanería recompensada generalizadamente no afecta a todas las escuelas y a todas las universidades, o por lo menos no a todas por igual: la educación privada se libra, en general, de todas estas chorradas, aunque solo sea porque el que paga, manda, y ningún colegio privado podría mantener su clientela si unos padres se encuentran con que sus hijos andan estudiando fracciones a los catorce años simplemente porque Zutanito no las entiende todavía, o porque el maestro tampoco sabe más, que de todo hay en la Igualitaria y Políticamente Correcta Viña del Señor, donde se intentan sacar peras de los olmos y los perales no dan nada porque nadie los riega.

No, queridos, los mercados, ese Hombre Del Saco de los perroflautas, son sabios, y, aunque los colegios privados no pueden sustraerse por completo del mundo en el que sobreviven, y seguramente acabarán diciendo “todas y todos”, y demás, tienen que seguir contentando a unos padres a los que se les puede suponer un nivel de inteligencia y esfuerzo conmensurable con las rentas que les permiten educar a sus hijos privadamente; tienen que seguir anunciándose en base a sus medias de Selectividad; tienen que seguir ofreciendo idiomas e informática en unas horas lectivas razonables, de modo que no tanto tiempo puede quedar para “Concienciación de la Diversidad”, o lo que sea.

Es maravilloso, claro, que todos los niños de cole público vayan agarraditos de la mano, todos igualitos, hacia la ignorancia y la indolencia, pero, cuando acaben la universidad y se tengan que enfrentar al mundo real, se darán cuenta de que no hay un idéntico, e idílico, trabajo esperando a su promoción al completo. No, porque resulta que el mundo real, que no es otro que el empresarial, se dirige, cada vez más rápidamente, justo en la otra dirección. Si hace medio siglo quien más quien menos podía aspirar a un empleo decente y seguro para toda su vida, las cosas hoy están cambiando, y se están exigiendo unos niveles formativos y una dedicación simplemente para obtener y conservar un empleo que en el pasado hubieran bastado para acceder a los Consejos de Administración. El mundo empresarial es cada vez más competitivo, selectivo, y darwiniano, mientras que la educación pública es cada vez más borrega, dicho con todo el doble sentido, alienante y divergente del mundo real. 

Y así, en nombre del “progreso”, pero sobre todo en nombre de “los trabajadores”, y de la santa “igualdad”, la izquierda, porque es sobre todo la izquierda, está, en un aspecto más, en una mentira más, en un siglo más, en una traición más, engañando precisamente a las clases que más les votan, y ampliando vertiginosamente el desfase de calidad entre la enseñanza pública y privada que llevábamos siglo y medio cerrando, y que había llegado a reducirse todo lo que razonablemente se podía esperar en una sociedad civilizada, capitalista o no. 

Claro, a Pablito Iglesias o a Leire Pajín se la trae al pairo que, dentro de cuarenta años, haya menos exalumnos de colegios públicos en consejos de administración que despertadores entre los votantes de Podemos, porque, entre otras lindezas que les están enseñando a los críos, les están convenciendo de que ser empresario es un crimen, y que todos serán igualitariamente felices con un empleo público, pero es que los rojos no saben matemáticas, y no se dan cuenta de que si todo el mundo trabaja para el Estado, no quedará nadie que pague esos exorbitados impuestos que tanto parecen fascinarles.

Es curioso, entre tanto quemacuras y tanto amigo de la serpiente etarra, cómo ninguno parece querer comer del Fruto del Arbol de la Sabiduría, pero claro, la Biblia sólo se enseña en los colegios de curas.

COMENTARIOS [0]
[ pezuco ] ha dicho:
18-02-2017

 

Execelente artículo de ALMP, as usual, poco que rebatir. Yo siempre he pensado que para la gentuza política, la educación es una parte de su maquinaria para ganar votos. En lugares "especiales" como Vascongadas o en una parte del antiguo reino de Aragón, la educación es además un arma electoralista para sus fines secesionistas, y de ahí mi pesimismo, pues si educas a la juventud en el odio a España, es cuestión de tiempo que el tinglado reviente por algún sitio.

Si a esto le sumas la falta de coraje de los dirigentes del gobierno español y le restas la llegada del neo-viejo-comunismo Potemita, el panorama es desolador. A cualquiera que le digas que los progres no quieren educación bilingüe porque la pionera fue Doña Espe, o porque es más útil que los niños aprendan vascuence o catalán se le erizarían los pelos del sobaco, pero esto es España, y cabe todo.

 

P.D. Recomiendo echar un ojo a la semifinal copera baloncestística. Este es EL PARTIDO, la final anticipada, pues se verán las caras los dos mejores equipos españoles. Ellos juegan en casa, llegan en forma y nos tienen ganas. Nosotros somos mejores y confiamos en Pabluco...¡Hala Madrid!.

 

[ NickAdams ] ha dicho:
18-02-2017

Aparte del olé como el del amigo Marcus48 yo no estoy de acuerdo con que sea inevitable (ni admisible) la interferencia ideológica y hay que seguir peleando contra ella... porque esa también es la que coloca a profesores y directores. Lo vimos en Catalonia, cuando el referendo, ¿cuántos directores se negaron a abril los colegios para una consulta ilegal?

El tema es más complicado y, para mi pasa,  por prescindir de adoctrinamientos tipo "Educación para la Ciudadanía" y liberar de la presión roja a los colegios públicos, que es mucha en la mayor parte de ellos. Cero ideología, hay que que educar en principios: esfuerzo, honestidad, generosidad, etc.

[ Marcus48 ] ha dicho:
17-02-2017

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