[ LUCES DE CHAMARTÍN ]

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REAL ISSUES

Vaya por delante, y ya lo he escrito antes, que estoy convencido de que la presidencia de Trump va a suponer, o bien un desastre sin precedentes si realmente hace lo que ha prometido hacer, o un suflé desinflado si se topa con la realidad y no lo hace. 

Pero una cosa son mis quinielas, o las de cualquier otro, y otra muy diferente los modos, actitudes y hasta los principios. Guste a algunos o no, Trump ha ganado unas elecciones con todas las garantías y de acuerdo a un sistema electoral ya bicentenario, y las iracundas y heterogéneas turbas que se manifestaban contra el flamante presidente gringo, no sólo en Washington sino por todo el mundo, parecen no querer aceptarlo. Y es que unas presidencias nacen con un Nobel debajo del brazo sin haber hecho nada, mientras que otras ya han “destruido las libertades” antes de ni siquiera pisar la moqueta de la Casa Blanca.

En general, las manifestaciones persiguen presionar a una administración pública para que cambie sus políticas, y en muchas ocasiones, sobre todo cuando son limitados, dichas manifestaciones consiguen sus objetivos. Es relativamente fácil conseguir que un ministerio preste atención a los enfermos de algún síndrome raro, o incluso que se le bajen los impuestos a tal o cual clase de autónomos, pero cambiar un gobierno es mucho más complicado, y no suele darse. Por otro lado, también tenemos que tener en cuenta el componente ético: pedirle a un gobierno que subvencione tal o cual partida, o que baje este o aquel impuesto, puede ser razonable, pero pretender derribar un gobierno democráticamente elegido a base de manifestaciones es, además de muy difícil, éticamente reprobable, y no hay muchos partidos que se atrevan a dar ese salto, sobre todo partidos no marginales y que pretendan convencer a una mayoría de que algún día pueden ser alternativa de gobierno. Que conste que estoy hablando de países semi-civilizados, donde partidos que llevan dando golpes de estado desde octubre de 1934 a marzo de 2004 no obtienen mayorías absolutas y tampoco van dando lecciones de “valores democráticos” a todo el mundo.

Pero la izquierda estadounidense, si es que al Partido Demócrata se le puede llamar “izquierda”, nunca ha tenido veleidades comunistas, no pasando nunca de un buenrrollismo progreta de raíz hippy, y no la veo pero ni de lejos tan sectaria y tan bolchevique de pretender derribar un gobierno recién elegido a golpe de un “Rodea el Congreso” podemita. Y, sinceramente, lo que puedan pretender los cuatro idiotas que se han manifestado en Madrid, o en plazas de tanta tradición democrática como Malawi o Teherán, me la trae absolutamente al pairo, y a los gringos ya ni les cuento.

No, la izquierda estadounidense no pretende derribar a Trump. Ni es tan revolucionaria ni tan violenta, y si no quieren confiar en sus convicciones democráticas, al menos convengan conmigo en que no puede ser tan ilusa. En el país del 14 de Abril de 1931 o el 11 de Marzo de 2004 sí que caben estas ambiciones golpistas, pero Estados Unidos lleva más de doscientos años celebrando elecciones religiosamente cada cuatro años, incluyendo en 1864, en plena Guerra Civil. Ese tipo de cosas no pasan en Estados Unidos, y hasta el más furibundo manifestante del viernes pasado lo sabe. 

¿Pretendían, en un sentido más general, preparar el terreno para el próximo asalto, envolver la presidencia de Trump en un negro nubarrón de “oposición popular” que incapacite ahora su acción de gobierno y que le impida ganarse su reelección? Sobre esto sí que hay algún precedente en los mismos Estados Unidos, y si no, que le pregunten a Ho Chi Minh, quien le debe a los estudiantes americanos la victoria en una guerra que, en 1969, después de la maravillosamente televisiva pero militarmente desastrosa Ofensiva del Tet, tenía perdida bajo cualquier criterio objetivo.

Es posible, pero me da la sensación de que tampoco. Si asumimos un maquiavélico -o rubalcabesco, que es lo mismo pero más cañí- plan maestro para derribar a Trump, las supuestas cabezas pensantes detrás del mismo tendrán que saber que no es posible mantener una presión popular constante durante cuatro años, siempre que pretendas que a tus manifas vaya gente normal, y no los cuatro cabreados profesionales que siempre hay en cada país. Consideremos el ejemplo de la sociedad más totalitaria y abducida que existe al Oeste de Pyongyang y al Este de La Habana: Cataluña. El secesionismo catalán disfruta de un monopolio mediático, educativo y propagandístico con el que el Partido Demócrata estadounidense no puede ni soñar, y aun así les está resultando imposible repetir las movilizaciones que organizaron para la, ¡grzphtmffffjjjj!, “Diada de la Independencia”. Perdonen, es que se me ha atragantado la magdalena.

Además, es que tampoco hay una maquiavélica mente, o mentes, detrás de las protestas. Es cierto que hemos podido ver a algún pez gordo del Partido Demócrata, como John Kerry, en alguna de las manifestaciones, lo cual no es muy habitual en los EEUU, pero, en general, el Partido como tal se ha desentendido de ellas. Sí, sí, ya sé, tampoco Rubalcaba se responsabilizó nunca del “El PP es culpable, pásalo”, y hasta Podemos ha tratado de convencernos de que los matones del “Rodea el Congreso” eran de “asociaciones cívicas”, pero, más que fiarme de la buena fe del Partido Demócrata, les remito al Cui Prodest latino -fíjense, que eran “latinos” sin ni siquiera bailar reggaetón-: nadie en el partido demócrata ha planeado las palizas, insultos y hasta los secuestros que se están produciendo contra los partidarios de Trump, aunque solo sea porque son contraproducentes; ni Kerry, Ni Hillary, ni nadie con dos dedos de frente puede pensar que unas manifestaciones compuestas a partes iguales de locazas de pelo morado y de los moros de barba métrica que las ahorcarían si estuvieran en Irán van a devolverles esos votantes que han perdido entre la “Middle America” trabajadora, cristiana y blanca. Ninguna de estas manifestaciones beneficia en nada al Partido Demócrata, ni a corto ni a medio plazo. Y lo saben.

Entonces, ¿qué? Rabieta pura y dura, damas y caballeros, rabieta. Ya conocen ustedes de mi afición por presentar al comunismo como el diablo con cuernos, capaz de las mayores iniquidades, fanatismos e infamias en pos de sus objetivos, pero también recordarán que he expuesto algunas de sus, a mi juicio, meteduras de pata, como su inconsistencia ante los secesionismos, o la impaciencia que demostraron en 1936, por ejemplo. Que sean unos peligrosos fanáticos no quiere decir que sean omniscientes y omnipotentes, meten la pata como cualquier hijo de vecino, y esta es una de ellas.

Rabieta por haber navegado a través de la presidencia de Obama con el piloto automático puesto y haberse creído que la gente estaba tan anestesiada que una enchufada arrogante, sectaria e incompetente como Hillary Clinton podía suceder a Obama como si de la dinastía Kim se tratase. Parece que no, señores del Partido Demócrata, los gringos no son norcoreanos, al menos no todos, y no todavía.

Rabieta porque se han dado cuenta, tarde y a posteriori, de que no controlan el discurso oficial hasta los extremos que calculaban. Creían que ningún columnista ni ningún medio se atrevería a criticar a la Clinton so pena de ser calificado de “machista”, y resulta que muchos bien que se atrevieron. Hasta desde medios demócratas se criticaba a Hillary, y ¿a qué columnista han echado de su trabajo por “machista”? A ninguno. ¿Qué medios han sufrido un boicot masivo de la gente? Ninguno. Y también lo saben.

Hablando de la gente, rabieta porque la izquierda creía su obra de lobotomía masiva completa, y se han dado cuenta de que no. Hace ocho años nos trajeron un negro sin una carrera demasiado brillante detrás, y consiguieron que, además de todos los negros casi sin excepción, le votaran los suficientes blancos para hacerle ganar, y ahora calculaban que, si los negros son un 30% de la población y les funcionó la jugada, ahora con las mujeres, que son el 51%, todavía les iría mejor. Pues parece que la Guerra de Los Sexos que llevan cuarenta años instigando no es tan cruenta ni tan divisiva como el discurso oficial y mediático indica, y la Doña no ha conseguido que todas las mujeres le voten sin estar necesariamente de acuerdo con ella, simplemente por ser mujer. La gente, millones de mujeres incluidas, no se ha negado a que hubiera una mujer en la Casa Blanca, sino a que hubiera esa mujer en concreto. La trinchera no ha funcionado, les han salido desertoras hasta entre las propias mujeres, y el ejército se les desmanda. Y les asusta.

Y, sobre todo, rabieta porque la izquierda sabe perfectamente que casi nadie ha votado a favor de Trump, sino contra algo. Trump es el peor candidato que ha presentado el Partido Republicano desde los que le servían de desayuno a Roosevelt, y aun así ha ganado. Y tampoco ha votado la gente contra Hillary, aunque por supuesto que la abrasiva personalidad y el desastroso currículum de la Clinton no han ayudado. No, la gente no ha votado contra alguien, sino contra algo. La gente no compra el rollo abortista, feminazi, anticristiano y comunistoide de los que manejan los hilos de la Clinton, y ha sido capaz de votar a un bufón falsario de la A a la Z, desde su supuesto historial como “self-made man” cuando nació ya millonario, hasta sus propuestas vagas y contradictorias, antes que tragar con el cáliz progre. 

De modo que ahora están de rabieta, intentando convencer no tanto al mundo, sino a sí mismos, de que sus mensajes son el Evangelio y no están sujetos a debate, de que nadie tiene derecho ni a cuestionar sus dogmas ni a votar por otras propuestas. Porque ese es el verdadero problema. No se trata tanto de que las políticas de Trump acaben resultando acertadas o no, sino de que, según la izquierda, no se deberían estar ni debatiendo. La izquierda querría que según qué categorías de gente estuvieran por encima de la crítica, en base a lo que son y no a lo que proponen; que un país no tuviera derecho a controlar sus aranceles y sus permisos de residencia en función de sus propios intereses; que un futuro padre, por no hablar del niño, no tuviera nada que decir ante la voluntad abortista de una mujer; que los mismos que se escandalizan por el “racismo” de Trump contra los mexicanos puedan luego negar el Holocausto y defender la desaparición de Israel desde, al loro, “los derechos humanos”.

Y la izquierda es lo que tiene. Su extraordinario y persistente fanatismo, como decíamos en otra contribución, le da una fuerza extraordinaria y le ha granjeado una reputación que desde luego su desempeño histórico no merece, pero el ingrediente fundamental de ese fanatismo es la seguridad de que sus propuestas son las únicas válidas y, ahora mismo, el pueblo de la nación más poderosa y rica, y que resulta que también es la democracia más antigua del mundo, les está diciendo que no. Que prefieren a un bufón antes que a una progre.  

Así que auto-manifa, manifa introspectiva, manifa onanista, manifa tarta de chocolate, porque cuanto más deprimido se está, más autoestima se necesita, y cuanto más miedo se tiene, más alto hay que cantar para ahuyentar las dudas.

COMENTARIOS [0]
[ pezuco ] ha dicho:
28-01-2017

 

Pues otra vez tengo que alabar el artículo de ALMP, que como casi siempre, comparto en su totalidad. Servidor ha dicho aquí repetidas veces que Mr Trump es un bufón con peluquín, pero su contrincante (o "contrincanta"), Hilaria representa lo peor como candidata y como persona.

Me parece deleznable la agitación que provocan los progrejetas de Hoolywood desde los  sofás de sus mansiones, me parece bochornoso la no aceptación de unos resultados electorales por el mero hecho de no ser de su agrado. ¿Dónde están los 100 días de rigor para empezar a juzgar al gobernante?. 

Lamentablemente, el new president cometerá muchos errores, y será el momento de analizarlos y en caso criticarlos, pero qe haya profetas del apocalipsis que predican el fin del mundo por la llegada de Donald a la White House me parece tan falso como mezquino. A ver si la gente se entera que en los USA hay una democracia real, con un poder judicial que hace cumplir las leyes, a las que deben atenerse incluso su presidente. 

Y Mr Trump gobernará, y habrá nuevas elecciones, y será juzgado por los votantes, y ahí se jugará su reelección. Se llama democracia.

 

P.D. Y por fortuna para Donald, será complicado que lo pueda hacer peor que el nobel de la paz preventivo llamado Obama.

 

[ wh ] ha dicho:
27-01-2017

Gracias, Marcus y supongo que habrás disfrutado con el partidazo de Rafa Nadal. Otra final Nadal-Federer que, unida a la final de las Williams, debe de provocarle un jamacuco al bocazas de Willander.

¡Grandísimo Rafa! Y a ver si el domingo nos regala el décimo quinto grande.

[ Marcus48 ] ha dicho:
27-01-2017

Sigo la línea de mis antecesores y un ¡¡¡¡¡olé!!!!! para ALMP y otro de igual tono para wh. Ojala hubiese mucha más gente que, desde los mediso de comunicación se atreviese a decir lo que vosotros habéis expuesto. Un abrazo.

[ wh ] ha dicho:
27-01-2017

La inesperada victoria –para algunos- de Trump y -lo que ha dolido aún más- verlo tomar el poder ha dividido a la opinión pública mundial en tres grandes grupos: los anti-Trump, adoradores de la Clinton y progretas por convicción ideológica y/o razones de bolsillo; los anti-Clinton y anti-Trump, pero que ven a Trump como el mal menor aunque le consideran un idiota y dan por hecho que fracasará en todo lo que emprenda –lo que les crea un vínculo insoslayable con el primer grupo-, y entre los que, creo entender, se cuenta el blogger; los que somos anti-Clinton -porque conocemos muy bien el nefasto curriculum de la soñaba húmedamente y a todas horas con ser la primera presidenta de la historia- y porque pensamos que un hombre que ha sabido ganar contra una enemiga tan poderosa y tan bien arropada  y contra el aparato de su propio partido alguna virtud tendrá, alguna capacidad de gestión tendrá para haber sobrevivido en el duro mundo empresarial. Cierto es que nació millonario, pero ahora tiene más dinero del que recibió como herencia; como también es cierto que hay muchos que nacieron millonarios y han terminado ejerciendo el poco lucrativo oficio de mendigos. La otra ventaja que tiene ser multimillonario es que, al menos, no ha llegado a la política para llenarse los bolsillos como los Clinton y muchos otros que conocemos muy bien aquí, en España.

Es curioso cómo se manipula todo lo manipulable para utilizarlo en contra de Trump –al que, por cierto, odian por igual, en España, la izquierda y  esos que se autoetiquetan de derechas-, primer sambenito: Trump es un egocéntrico. ¡No me jodas! ¿De verdad? ¿Y no era egocéntrico el recientemente desaparecido Fidel Castro? ¿No era egocéntrico Stalin? ¿No lo era Lenin? ¿Mao? ¿Kim il Sung? ¿Hugo Chávez? Y, para ir a un bicho menor, ¿no es un egocéntrico de cojones Pablete Iglesias? Segundo sambenito: Trump es machista, mu machista. ¿Y todos los que he mencionado anteriormente –incluyendo al que desea azotar a una presentadora de televisión- no lo eran? ¿De verdad que no? ¿El iconito progre Ernestito Guevara de la Serna no lo era? ¿Seguro? Son sólo dos ejemplos de defectos que achacan a Trump pero podría citar muchos más, o sea, lo de la paja y la viga que ya sabemos todos.

¿No hay ninguna posibilidad que el hombre que ha ganado contra todo y contra todos tenga alguna virtud? ¿Algo positivo? Lo digo porque entonces a los derrotados, empezando por la Clinton, siguiendo por el listo de Soros y terminando por la mayor parte de los medios de comunicación del mundo –supuestamente los mejor informados- como los calificamos, ¿de supraidiotas redomados? 

La utilización del ya famoso muro con México -que comenzó el respetado D. Billy Clinton de Lewinsky y que han seguido edificando todos los demás presidentes, el llorón Obambi incluido- hace olvidar a algunos que muros con esas mismas intenciones los hay en muchos sitios: nosotros tenemos el de Melilla y los mexicanos tienen uno para separarse de Guatemala y evitar que los guatemaltecos –o muchos que vienen desde Sudamérica, entre ellos cubanos que inician su periplo en Ecuador o Venezuela- puedan ir a Guatemejor. Pero el muro malo es el de Donald porque este, a diferencia de los demás, no lo hace de tapadillo sino que lo proclama abiertamente, como se debe hacer en política… si uno quiere ir de frente con los votantes. ¡Marianoooooo!!!!

Quizás Donald Trump haya entendido mejor que otros el lenguaje de esta nueva era que la telebasura ha impuesto –y sigue imponiendo- en todos los países del llamado primer mundo y ha optado por otra forma de comunicar –y en eso sí que no se le puede negar experiencia- que los resultados demuestran que ha resultado efectiva. Y también, a pesar de las formas,  ha sabido conectar con los que estamos hartos de la imposición de lo políticamente correcto, que no es otra cosa que un intento más de aborregar a las masas. Yo aplaudo entonces la incorrección política de Trump, es más,  me parece necesaria para contrarrestar toda la corrección que, desgraciadamente, es mayoritaria.

Es por ello que creo que a Trump –si uno quiere ser justo- hay que darle tiempo y no vetarle desde el primer día. Luego ya le juzgaremos, como a todos, por su legado… y, por cierto, el de Obama no puede ser más pobre y nefasto.

Hecho este breve comentario respecto a Trump, en lo demás estoy de acuerdo con la excelente entrada de ALMP.

[ NickAdams ] ha dicho:
27-01-2017

Buen repaso, ALMP. Muy bueno. Top. Poco más se puede añadir excepto preguntarte: ¿algún problema personal con Trump?