[ LUCES DE CHAMARTÍN ]

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EL IMPERIO AUSTROCATALÁN

Resulta que ahora Soraya va a desempeñar la mayoría de sus funciones, las que fueren, desde su flamante despacho de Barcelona. Pronto nos dirán que la “convivencia” con los que viven de romperla requiere el traslado de la mitad de los ministerios a Barcelona, y posiblemente la del Rey. Pues nada, como el Ausgleich Austro-Húngaro de 1867, dividamos España en una mitad castellana y otra catalana, llamemos a D. Felipe “Rey y Príncipe”, y demos otro paso, y no quedan ya muchos, en el camino de la destrucción de España en cómodos plazos. 

Pero no se me revolucionen, no voy a comparar el pastiche, este sí verdaderamente plurinacional, de los Habsburgo alcalaínos con el dizque “país de países” ibérico, ni tampoco a hacer un paralelismo entre el destino último del imperio vienés con el de España, que ya saben que soy relativamente optimista. De lo que quiero hablar hoy es del nacionalismo húngaro del tiempo de Francisco José y de las consecuencias para Hungría de la desaparición del Imperio como una lección que los actuales nacionalistas catalanes harían muy bien en aprender. 

Si el nacionalismo húngaro se aprovechó de la crisis provocada por la derrota ante Prusia en 1866 para chantajear a Viena, también el nacionalismo catalán eligió la resaca de la reciente crisis crediticia para escenificar su confrontación directa con el Estado, y me da la sensación de que lo que de verdad quiere la mayoría del nacionalismo catalán, al menos por ahora, no es la secesión completa, sino una suerte de Ausgleich ibérico y postmoderno que les garantice unos privilegios exorbitados y una posición de superioridad económica y jurídica respecto al resto del Estado. Sí, es posible que su horizonte deseado a largo plazo sea la secesión, pero, de momento, me da la sensación de que lo que quieren es un “Cupo Vasco XXL”, para seguir forrándose y prosperar a costa del resto de España, y exprimir un poco más, antes de la desconexión definitiva, a la infecta vaca castellana, que la vaca será infecta pero la leche bien que les gusta.

Y el caso es que a Hungría le salió bien la jugada a corto plazo, como probablemente también le saldría a Cataluña. Se dividió el Imperio en dos mitades, y se concedió a Hungría el autogobierno de una de ellas, Transleitania, junto con una enseñanza y una administración completamente en húngaro, pero no se reconocía derecho alguno para sus minorías no magiares, que entre todas alcanzaban el 55% de la población de Transleitania; la red de ferrocarriles imperial se planeó para el uso y disfrute de Budapest y no bajo criterios económicos; todos los contratos imperiales tenían que ser distribuidos por igual entre empresas de la mitad austriaca y de la mitad húngara; los ministerios importantes, como Exteriores, Guerra o Finanzas, tenían que alternarse escrupulosamente entre austriacos y húngaros, y el porcentaje de funcionarios en los mismos debía ser también igual; hasta el ejército se dividió en tres partes, una “austriaca”, una “húngara” y una común. Absolutamente todo, en fin, estaba dividido en dos mitades, y todo se decidía en función del reparto político y no bajo criterios de eficiencia. Ni qué decir tiene que Hungría propiamente dicha prosperó de forma significativa bajo este régimen que reducía a su “mitad” del Imperio a un estado colonial y le garantizaba una influencia en el Imperio que su peso demográfico no merecía. ¡Marchando una ración triple de déjà vu!

Cataluña lleva por lo menos desde los aranceles de Narváez beneficiándose de unas condiciones de facto similares, y estoy convencido de que el objetivo inmediato del nacionalismo catalán es convertirlas en de jure.  Si, ahora mismo, ya resulta imposible tomar una medida que beneficiaría a 46 millones de españoles sin preguntarse si caerá bien entre los 3 millones de nacionalistas catalanes; si se les construyen más infraestructuras de las necesarias mientras otras regiones languidecen; si se hace la vista gorda ante el colonialismo cultural catalán en sus pretendidos Paisos, o ante la persecución que la Generalitat mantiene no solo contra el castellano, sino contra el aranés, el mallorquín o el valenciano, imaginen, si no les produce escalofríos, las consecuencias de un marco jurídico que oficializara todos estos puntos. 

Por supuesto, lo que resultó extraordinariamente bueno para Hungría no lo fue tanto para el Imperio Habsburgo. Se paralizó la administración, con todas las leyes siempre pendientes de la aprobación de un parlamento húngaro extraordinariamente turbulento y corto de miras; la política exterior carecía de una dirección consistente, unas veces pro-rusa y anti-italiana bajo ministros austriacos, y justo lo contra
rio con ministros húngaros; los ferrocarriles, que no olvidemos que eran el principal motor económico del Siglo XIX en todo el mundo desarrollado, y casi el único gasto estatal aparte de los militares, en estado de caos; primitivas y carísimas empresas húngaras obtenían contratos militares y navales que deberían haber ido a compañías austriacas o checas, mucho más modernas y eficientes; y como problema más grave, porque al fin y al cabo el Imperio acabó desintegrándose como consecuencia de una derrota militar, el ejército andaba siempre enormemente preocupado por el idioma de instrucción o por los colores de las escarapelas de los gorros mientras permitía alegremente, por ejemplo, que su artillería fuera la única de Europa todavía equipada con cañones de bronce en pleno Siglo XX. 

Si cambian ustedes los problemas militares, cruciales en 1914, por los económicos, los únicos realmente importantes ahora, ¿A que les suena todo esto? ¿Quizás a los incipientes altos hornos cerrados en Asturias o Málaga en el S. XIX para contentar al nacionalismo vasco? ¿A los telares de Medina del Campo o Tordesillas ahogados por las ventajas concedidas a Cataluña desde la pérfida Matrit? ¿A una nula presencia en la Unión Europea, porque no hay una sola cuota de producción o directiva comunitaria con la que los nacionalistas estén de acuerdo? ¿A un Instituto Cervantes en Shanghai promocionando poesía en catalán en vez de estar intentando convencer a los chinos de que aprendan español y no francés? ¿A una industria y un comercio ahogados por prolijas normativas que impiden vender en Alicante un zumo embotellado murciano? Al igual que el egoísmo y la cortedad de horizontes húngara hicieron fracasar al Imperio en la guerra que acabó por decidir su existencia, también el aldeanismo catalán impide a España competir en pie de igualdad en las menos dramáticas, pero igualmente importantes, batallas económicas que se dirimen hoy.

Hasta aquí todo estupendo, mientras no seas un fascista mesetario, claro, pero hay un problema, y aquí reside precisamente la lección a la que aludía antes, y que los nacionalistas catalanes harían muy bien en aprender de sus antecesores húngaros: la caída del Imperio Austrohúngaro no trajo, como se habían creído los nacionalistas húngaros, un Paraíso todavía más jugoso que el que venían disfrutando, sino una sucesión de revoluciones, guerras, dictaduras de todo signo y desastres económicos de la que todavía, un siglo después, no han acabado de salir.

Los húngaros vieron con plácida ecuanimidad, cuando no júbilo, la desintegración del Imperio de Viena en 1918, porque se figuraron que ya no necesitaban para nada a ese ejército que les había librado de seguir rezándole a La Meca en 1699, y que el espacio económico que el Imperio había proporcionado, y dentro del cual habían tenido tantos privilegios, seguiría funcionando igual que siempre, a través de las nuevas fronteras. Pero resulta que no. Resulta que, en ausencia del ejército imperial, Hungría acabó perdiendo más de la mitad de su territorio y que los comunistas de Bela Kun asaltaron el poder, y que la industria húngara de entreguerras, perdidos sus mercados cautivos, prácticamente desapareció a manos de la Skoda checa, la Steyr austriaca, y otras mucho más eficientes.

A los catalanes también parece que el ejército español les estorba, aunque nunca protestaron mucho durante la Restauración, cuando la sangre charnega conservó las inversiones catalanas en Cuba mientras buenamente se pudo, ni cuando los subhumanos mesetarios les libraron del desastre que la Generalitat, tan plagada ella de seres superiores, supo mantener entre 1936 y 1939. En pleno Siglo XXI, por supuesto, no se espera que Francia invada Cataluña, y más tontos serían los gabachos, por otra parte, de meterse en ese avispero, pero, ausente la Guardia Civil, ¿Ustedes dan un duro por los manipulados, politizados y castrados Mossos frente a las CUP, Podemos, islamistas -perdón, los subvencionados nous catalans- y demás? Y si, por algún milagro, el Paraíso Des-Conexionado lograse conservar el orden público, ya veríamos a ver cuánto tardarían en sublevarse las masas en una Cataluña que no pueda vender un alfiler en España o en la Unión Europea, y con todas sus empresas desfilando a establecerse en otro sitio.

Pero, ¿Han aprendido la lección, se contendrían antes de saltar al vacío de la secesión, si tuvieran la oportunidad, oportunidad real, digo, no de performance callejera, como ahora? Seguramente no, me temo. El secesionismo catalán ha demostrado, desde siempre, unas tendencias suicidas muy pronunciadas, y una notable resistencia a las lecciones de la Historia. El propio himno secesionista, Els Segadors, conmemora como una gran victoria una rebelión cuya única consecuencia duradera fue la pérdida del Rosellón, y cada 11 de Septiembre, como siempre sin tarjeta, le ofrecen a Companys un ramito de violetas, supongo que eternamente agradecidos por el ridículo de 1934 y por el régimen anarco-comunista de 1936 a 1939. 

Ya he empezado diciendo que no creo que el secesionismo catalán, a pesar de sus denodados esfuerzos, logre hundir España, pero será, efectivamente, por falta de habilidad, y sobre todo por la milenaria, inexplicable y desesperada fuerza que siempre ha demostrado España en sus momentos más difíciles, no por ninguna sensatez ni mesura. Después de cuarenta años inventándose historias y falseando la Historia, ya no saben qué es verdad y qué es mentira, se creen que Colón era catalán y no tienen ni idea de quién era Prim, asique por las narices les va a sonar Ferenc Deák.

Pero todavía hay esperanza, no es cierto que todas las naciones sucesoras del Imperio Habsburgo hayan tenido una desgraciada Historia posterior, hay una a la que le ha ido todavía mejor: Austria. Justamente esa, la cabeza del imperio, la que al parecer se llevaba todo, la que supuestamente vivía sin trabajar de los impuestos de los demás, la “carcelera de naciones”, en frase del iluso de Woodrow Wilson, esa cuya riqueza se fundamentaba, según húngaros, checos y demás, en la explotación de las demás regiones. Cosas del nacionalismo. 

COMENTARIOS [0]
[ Chapin ] ha dicho:
07-01-2017

Felicitaciones, que excelente artículo.  Siempre tan acertado

[ pezuco ] ha dicho:
07-01-2017

 

Y disculpándome con ALMP por esta salida por las antípodas para cambiar alevosamente de tema, no puedo dejar de comentar el soberbio partido del Laso-team disputado frente al CSKA. No defraudó el duelo de los que probablemente sean los dos mejores equipos de Europa, y para los amantes del baloncesto ha sido un deleite de principio a fin.

Se jugó de poder a poder, dejándose la piel en la cancha, luchando hasta el último balón y al final pudimos ganar este fantástico encuentro. Podemos destacar al increible Llull, hoy el mejor dentro de la pista, a Maciulis, un jugador de equipo, que casi siempre le toca bailar con la más fea defendiendo a los mejores rivales, también al mexicano Ayón, un titán bajo los aros o a Dóncic, ese chaval de 17 años que sigue sorprendiéndonos partido a partido, pero yo me voy a quedar con el jefe, con D. Pablo Laso, cuida a Dóncic para no quemarle  ante bases como Diamantidis, frena los arreones de los rusos, saca músculo cuando el partido se pone duro, dosifica a Llull que no tiene repuesto (Dóncic es otro carácter), o a Felipe que va cumpliendo años. 

Él es el culpable de que los madridistas amantes del baloncesto disfrutemos con el equipo, y tenemos que estar agradecidos. 

 

P.D. Ayyyy Chacho, las diabluras que estas perpetrando en la NBA no son nada al lado de las que podrías liar en España. Y lo que aprendería Dóncic...

 

[ pezuco ] ha dicho:
07-01-2017

 

Se agradece esta lección histórica de ALMP, es una pena en qué se ha convertido la historia en la actualidad: una novela de ciencia ficción que se vede en las escuelas.

Soy menos optimista que el blogger, creo que esta vez los secesionistas van en serio y sobre todo, tienen la baza del factor tiempo a su favor, los jóvenes nacional progresistas convenientemente lavados cerebralmente van a por todas sin importarles las consecuencias. 

y quien debería pararles los pies... bueno, pues eso, que Rajao ni tiene coraje ni voluntad para agarrar el morlaco por los cuernos.

 

P.D. Todavía recuerdo el día despues del Brexit, cuando algunos ingleses que votaron a su favor salían a la calle arrepentidos, diciendo que se sentían engañados, que les prometieron el oro y el moro lejos de la UE y sólo ven el moro, nunca mejor dicho.

 

[ wh ] ha dicho:
06-01-2017

Muy interesante y muy bien traída y argumentada la comparación Hungría-Cataluña. Este PP Rajoysorayezco -de izquierda camuflada y totalmente falto de principios-, ayudado por la inacción de un monarca que sólo está para conceder premios y felicitar las Navidades, puede razonable repetir la historia austro-húngara lo que sería una ácida tragicomedia para todos los españoles, catalanes incluidos.

Servidor comienza este 2017 totalmente pesimista en lo que al futuro de  España se refiere; de Rajoy no me creo nada y siempre espero lo peor. Necesitamos un outsider que nos limpie de toda esta basura de partidos políticos corruptos hasta los tuétanos. ¡Muerte a la partitocracia!

[ NickAdams ] ha dicho:
06-01-2017

Gracias por la lección, ALMP. De 10.