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DIESEL-O A FLORENTINO

Todos tranquilos, amigos, que Ancelotti lo dijo hace unos días: somos diesel. Lo que no quedó claro es si se refería al final de la pasada liga, con ese trantrán así de majestuoso que se marcaron sus muchachos, perdiendo partido tras partido hasta agotar existencias,  o si se refería al comienzo de la presente. Quizás quiso decir que somos diesel todo el rato. Tampoco dejó claro hasta cuándo piensa él que el diesel se puede permitir perder puntos, jugar con un espantapájaros debajo del larguero y que su conductor se quede mirando cómo se mueven por el césped –alocadas todas ellas,  personitas sin ton ni son–, a ver si al amigo se le ocurre algún dibujo, algún esquema, algo, lo que sea, que le dé algún sentido a este disparate.

Ah, no, que “no tenemos problema con el sistema, que se trata de falta de intensidad”, italiano dixit. Y quedose tan tranquilo. Falta de intensidad, así, un equipo profesional de élite, de a diez millones la ficha. Será que cobran poco. ¿Y quién tendrá la culpa de esto de la intensidad? Analicemos qué ocurrió ayer en el Madrid-Atlético, a ver si se trata de algo tan vergonzoso como eso de la falta de intensidad o si ahí hay algo más escondido.

Seguro que no fue cuestión de intensidad el primer gol en contra, que casi nos lo colocan antes de empezar el partido. En realidad, fue antes de empezar el partido que ya nos lo anunció Simeone, ese dandy, afirmando que, ido Di María, Íker era su jugador del Madrid preferido. Qué majete, Diego, ¿no?  Así que, viendo volar ese balón desde el córner, nos dio tiempo a ver también cómo medio Atlético de Madrid se metía en tropel dentro del área pequeña –¡¿pero a dónde va toda esta gente?!–, bien adoctrinados en la idea de que allí lo que hay realmente es un espantapájaros y no un portero y, por lo tanto, es tierra de nadie de donde siempre es factible sacar tajada. Y la sacaron, ya lo creo si la sacaron, en bello y efectivo cabezazo de Tiago, tan cerca de Casillas que hasta le debió oler el aliento, qué asco. 0-1. Queda por despejar el enigma de por qué se empeña este señor italiano en poner al peor portero de un mundial cuando tiene al lado al mejor portero del mismo mundial. Algunos se creyeron, ilusos, que cuando aseguró que habría cambios se refería a cambiar al espantapájaros por un portero de fútbol, pero no. 

Una vez conseguida una buena inclinación en la cuesta para transitar con el lustroso diesel hacia arriba, el Madrid se encontró enfrente un autobús. Porque el Atlético lo tuvo claro, o más claro aún si cabe que antes del primer gol: aquí espero en pétreo orden y concierto, fila de cuatro, fila de cuatro y fila de dos, y ni el Tato se despista. Un plan sencillo de entender y sencillo de ejecutar, una vez convencidos los jugadores de que la solidaridad, la concentración, el esfuerzo común y todas esas cosas son imprescindibles en el trabajo en equipo. Igual es esto a lo que se refiere el otro cuando dice lo de la intensidad. A saber. El caso es que, como veremos, detrás de esa actitud espartana y defensiva había una sorpresa que Simeone nos reservó para la segunda parte. Pero, mientras, el Madrid se agotaba en el esfuerzo de golpearse contra el muro, con una torpeza general muy notable de la que se salvaba CR7, que para sorpresa de alguno como yo hizo una gran primera parte, convirtiéndose en todo lo que el Madrid dio en ataque, por lo bien que lo hizo y porque Bale soñaba en los goles que marca con Gales y Benzemá… pues eso. Consiguió el Madrid en esta primera parte exactamente dos ocasiones, tras falta y cabezazo respectivamente,  que paró el portero atlético, más otra que desperdició Karim con un control tan lamentable que, de tener un poco de orgullo, hubiese pedido el cambio.

Conseguimos empatar el encuentro en un claro penalti sobre adivinen quién que transformó adivinen quién con gran tranquilidad y supongo que preguntándose qué estrategia se traía entre manos el portero que tenía enfrente, que migró hacia su palo derecho dejándole toda la portería al lanzador, para despistar, se supone. El caso es que arranca el delantero y el portero empieza a desplazarse hacia el centro de la portería con dos consecuencias claras: si el balón va a su izquierda, no llega; si va a la derecha, le coge en pleno desplazamiento y, obviamente, a contrapié. Quizás debería estudiarse la jugada en las escuelas de fútbol porque yo creo que ahí hay mensaje escondido que yo soy incapaz de descifrar.

Pretender que Ancelotti haga un cambio antes del minuto sesenta o setenta es tontería. Así que vimos sin sorpresa que saltaban los mismos jugadores de ambos equipos, pero con dos diferencias que serían definitivas: los blancos, de paseo; los rojiblancos, esperando el momento de asestar su golpe de estrategia. Y mientras el Madrid hacía exactamente nada y se deshinchaba físicamente hasta desaparecer, en el minuto  sesenta Simeone, considerando la situación madura, dio un giro y transformó el autobús, que estaba aparcado permanentemente en su propio campo, en un equipo elástico que llegaba con peligro a las inmediaciones del espantapájaros. Da la sensación de que Simeone pensó en estos términos: primero, músculo para aburrirlos y cansarlos; a continuación, Turán y Griezmann para asaltar el partido con un rival mermado. Así lo hizo. A cambio, nuestro estratega particular hizo saltar al campo a Chicharito, que menudo nombre, por Benzemá, en un alarde táctico puesto por puesto que, lógicamente, hizo que todo siguiese funcionando igual de mal. Pero como todo es susceptible de empeorar, Ancelotti  sustituyó a un vergonzante Bale por Isco. Es en este momento que alguien muy querido comenta que, a lo que parece, nuestro esquema táctico pasaba de algo más o menos reconocible a ser ahora un 4-un-montón-de-jugadores-a-su-aire, donde cada cual discurría a su entender, felices entre los tréboles.

Fue en el minuto 75 cuando se produjo una jugada que cualquier aficionado que lea esto, que ya son ganas y muy aficionado tiene que ser, está obligado a estudiar con detenimiento. El segundo gol del Atlético es un despropósito defensivo del Madrid de tal envergadura que sería imperdonable dejar de ir a cualquiera de esos apestosos periódicos y, por una vez, pinchar en sus webs para ver con detenimiento la jugada.  Se puede apreciar, fotograma a fotograma, una disparatada coreografía donde todos los jugadores del Madrid que intervienen realizan movimientos contrarios a la lógica y a sus intereses. Vaya, que si uno ve esa jugada en un final de liga donde se están jugando un descenso, sin duda pensaría que el partido está amañado, porque aquello de otra forma resultaría inverosímil. De verdad, vayan a ver a Isco, a Modric, a Arbeloa, pero sobre todo a Pepe y a Ramos en su danza macabra. Naturalmente, el disparate culmina adecuadamente con una inútil estirada más de esas a las que Casillas nos tiene tan bien acostumbrados de unos años a esta parte.

La capacidad de respuesta del Madrid fue nula. Igual tiró alguna vez entre los tres palos en la segunda parte, pero yo no lo recuerdo. Y, así, con el 2-1, acabó la historia.  De cualquier manera, ya no nos sorprende todo esto. El Madrid está jugando con dos jubilados (Casillas y Arbeloa)  y un plantel descompensado en el que ciertos jugadores –en algunos casos incompatibles–  son titulares de 90 minutos sin lugar a discusión, con el consiguiente encorsetamiento que ello supone. Así, pintan bastos.  Y, mientras, el entrenador afirmando que falta actitud. Ancelotti, diesel-o a Florentino, a ver qué opina; lo que es a muchos de nosotros, como se ve, ya no nos quedan ganas ni de cabrearnos.

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