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FLORENTINO Y SU ILOGICA INJUSTICIA

Si se confirma lo que los diarios anuncian y Diego López es quien finalmente resulta despedido, habremos asistido a otra florentinada más de esas a las que uno no termina de acostumbrarse por muy reiteradas que sean las mismas. Qué habrá hecho el madridismo para merecer tanto castigo es lo que uno no deja de preguntarse. En este caso en concreto, esta florentina decisión, además de ser deportivamente nefasta, será tan incoherente y falta de lógica como vomitivamente injusta.

Lo primero que habría que preguntarse es cuál era, si es que había algún plan previsto, la intención inicial del club en todo este asunto de la portería. Y digo del club porque no sé muy bien a quién atribuir el despropósito que finalmente parece va a producirse, ya que se hace muy complicado suponer que Ancelotti pinte nada en todo esto. Tan complicado como presumir que la idea original fuera, efectivamente, fichar fantasmagóricamente a un portero (Keylor Navas) para mantenerlo en el limbo una cuantas semanas, con la idea de pasarse un mes titubeando para deshacerse finalmente de López y quedarse con la momia canterana del mundial y las dos eurocopas. Lo que parece más bien es que en el club se entiende que tenemos un problema en la portería con nombre y apellidos (Iker y Casillas, concretamente), problema que no tienen ni puñetera idea de cómo solucionar y, de momento, andamos dando bandazos de aquí para allá interpretando una fantástica sinfonía de la improvisación. 

Podrían haber planteado la cuestión en el siguiente orden y respetando el mismo estrictamente: dado que, como todo el mundo sabe, Casillas es un profesional deplorable en un estado de forma deplorable sin vuelta atrás, aceptamos la premisa de la necesidad de un portero que acompañe a López, que es un profesional ejemplar y un portero válido para pertenecer a la plantilla, si no como titular –puesto que aspiramos a lo mejor de lo mejor-, sí al menos como suplente de garantías, y además de todo esto, mucho más barato; comuniquemos a Casillas que o bien se busca equipo (regalamos el traspaso) o bien asume que va a ser el tercer portero de la plantilla, lo que en realidad es como decir que directamente vaya asumiendo que va a ser el tercer portero de la plantilla –que el club por su parte ya se hace a la idea de pagar diez kilos por año a cambio de nada–  porque nadie duda a estas alturas de que, teniendo en cuenta su estado de forma y el espectáculo que está dando a todos los niveles, no hay en la Vía Láctea equipo dispuesto a cargar con ese momio y mucho menos a precio de caviar ruso; desbrozado el camino interior, salimos a fichar un portero –que casi mejor que no fuera Keylor, pero esto ya es cuestión de gustos–, portero que, una vez fichado, se presenta al madridismo con cotidiana normalidad ahorrándonos este ectoplásmico espectáculo que estamos dando. Realmente, no parece muy difícil pergeñar un plan de estas características, ¿verdad? Parece un plan sencillito, ordenado y muy lógico. Pero sencillez, orden y lógica son conceptos de poco uso en el entorno, de manera que en su lugar nos comemos la ensalada de florentinos, que son como los canónigos pero dedicados a la construcción, porque, dígase de una vez por todas, a Pérez le acompaña una indiscutible aura eclesiástica que se patentiza en una dicción que para sí quisieran todos los curas y predicadores que en el mundo son. 

Así pues, teniendo un jugador que es un modelo de profesionalidad, educación y compañerismo, que supone un costo económico razonable para lo que se estila y cuyo muy aceptable nivel deportivo quedó demostrado sin ningún género de dudas la pasada temporada en un ambiente hostil donde los haya, al final resulta que nos vamos a quedar con un confidente que es como un saco de rencor apático y mohíno y que está más acabado que la Falange de Córdoba.  Y entre pan y pan, un fichaje que sí pero que no, que lo firmo pero no lo anuncio, que transciende pero no lo termino de firmar del todo… 

El affaire López/Casillas y la manera en que el club está gestionando el asunto y el tratamiento que como consecuencia están recibiendo cada uno de los jugadores es un ejemplo paradigmático de vileza recompensada y decencia despreciada. Tan diáfanamente injusta es la situación que casi, al final, los padres con hijos en edad de ser educados habrán de agradecerle a quien la propicia que nos facilite lo que no es sino un ejemplo tan cristalino como infame de la manera en que no uno no debe conducirse en la vida. Una vez más, vuelven a ganar los malos.

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