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TOTALITARIOS A BABOR

"Hay palabras que tienen una carga valorativa positiva y otra negativa. La palabra democracia mola, por lo tanto, hay que disputársela al enemigo. La palabra dictadura no mola, aunque sea dictadura del proletariado. No mola, no hay manera de vender eso. Aunque podamos teorizar que la dictadura del proletariado es la máxima expresión de la democracia en la medida en que aspira a anular unas relaciones de clase injusta que en sí mismas, ontológicamente, anulan la posibilidad de la igualdad que es la base de la democracia, no hay a quien le vendas que la palabra dictadura mola. La palabra que hay que disputar es democracia".

Pablo Iglesias, de Podemos

 

La derecha y la izquierda políticas, en sus manifestaciones más extremas, es decir, cuando derivan hacia sistemas totalitarios, comparten episodios dramáticamente crueles que son por todos bien conocidos, como por ejemplo el holocausto judío, con seis millones de muertos, o los genocidios de los regímenes comunistas, con más de cien millones de asesinados en todo el mundo. En ambos casos, la concepción totalitaria del mundo es la causa de la degeneración hacia un estado de perversión total, ocasionando unas sangrías sistemáticas y mantenidas en el tiempo en las que el otro es cosificado de tal manera que, una vez despojado de cualquier derecho a la existencia, es eliminado sin ningún remordimiento por parte de quien perpetra la aniquilación.

Siendo tremendamente dramático el resultado final –el exterminio del otro-, lo que creo que es más importante es el germen que causa ese final, y por lo tanto el asesinato en sí mismo sería menos relevante que su origen, que es esa concepción totalitaria del mundo. Dado que todos los genocidios tienen detrás de ellos un concepto totalitario de la existencia, podemos concluir que cualquier germen totalitario, por el solo hecho de serlo, es susceptible de derivar en un régimen genocida. Planteada la cuestión de esta manera, la preocupación principal, por lo tanto, habrá de ser impedir que circulen libremente actitudes u organizaciones de carácter totalitario. Sólo teniendo tolerancia cero ante actitudes totalitarias tendremos garantía de evitar regímenes genocidas.

De manera muy atinada, las leyes de los países occidentales prohíben las manifestaciones de carácter fascista. Lo que es  verdaderamente sorprendente es que Europa haya aprendido la lección que nos dio el fascismo, pero se haya olvidado de la que nos dieron antes de la II Guerra Mundial, y aún nos siguen dando ahora, los regímenes comunistas. De esta forma, mientras que la degeneración más abyecta de la derecha política tiene muy acertadamente vetada cualquier  manifestación, la degeneración de la izquierda, es decir, el comunismo, no sólo no es perseguido al modo en que lo son los grupos fascistas, sino que tiene presencia con los mimos símbolos, los mismos nombres y el mismo concepto germinal totalitario de la existencia que tenían sus antecesores. Bien es cierto que lo que diferencia a estos de aquellos es que los de ahora están aparentemente integrados dentro de sistemas políticos europeos (supuestamente) democráticos, aceptando ciertas reglas que en realidad van en contra de su propia esencia. Por este motivo, y porque la mentira y el engaño son instrumentos estratégicos aceptados con naturalidad en ese ámbito comunista, resulta imposible creer en la veracidad de su pretendida aceptación de las reglas, y más bien parece que se trata de posiciones coyunturales de ventaja bajo las cuales subyace lo que realmente las conforma, que es precisamente esa concepción totalitaria de la existencia. Todo lo cual no resulta sorprendente, dado que tampoco esta estrategia es novedosa, habiéndose producido de manera sistemática con los frentes populares controlados por la Internacional Comunista en el siglo pasado.

Por este motivo, muchos partidos y organizaciones de izquierda, que han adoptado esas actitudes aparentemente tolerantes y de respeto al contrario embozándose hábilmente en una capa de democracia que en realidad les es ajena por su propia esencia, muestran resabios de lo que les caracteriza de manera sistemática aunque habitualmente involuntaria.  En los últimos tiempos han aparecido en España, como consecuencia de la crisis profunda que soportamos (y no me refiero tanto a la económica como a la social, política y moral), unas corrientes de tufo marcadamente populista que se han terminado concretando en un partido llamado Podemos. 

Al contrario de lo que es habitual en las corrientes de izquierda totalitaria, este partido no enmascara esas esencias totalitarias revistiendo estratégicamente su discurso con un celofán más atractivo para el consumo de sociedades democráticas. Parece que, crecidos por un impulso inesperado, hayan llegado a la conclusión de que se hace innecesario disimular sus intenciones dulcificando su discurso. 

Cuando al líder de Podemos –un joven populista llamado Pablo Iglesias–, le pregunta uno de sus propios seguidores “¿Hasta qué punto queremos que nuestro movimiento social esté basado en herramientas de propaganda equivalentes a las de los opresores? En otras palabras, tal vez nos deberíamos plantear si lo que queremos es propaganda o educar”, no tiene reparo en contestarle de la siguiente manera:   “¿Propaganda o educar? Propaganda, sin lugar a dudas. Educar, cuando controlemos un ministerio de educación”.

Nadie desconoce que en el ámbito de la política en general y del comunismo en particular, la propaganda no es más que un efectivo e imprescindible instrumento de manipulación, el cual, por definición, hace uso de la mentira, que a su vez es otro instrumento connatural al comunismo, que asume ambas con orgullo porque, ya se sabe, el fin justifica los medios. En el ejemplo que nos ocupa, toda duda queda disipada si además se observa la contraposición con el término educar. Pero la novedad en este caso es que se manifiesta abierta y públicamente. Tanta “sinceridad”, viniendo de un comunista, resulta tan abrumadora como sospechosa, y sólo vendría motivada por su incapacidad intelectual –de haberse producido la declaración de manera involuntaria, lo que no es creíble– o por la sensación de moverse en la más absoluta impunidad, al sentirse blindado por el hartazgo generalizado del público al que se dirige, el cual estaría, por su propia limitación intelectual, dispuesto a asumir cualquier degeneración ética distinta de la que de hecho ya padece.

Pero si avanzamos en la respuesta de este peligroso populista que nos amenaza con haber llegado para quedarse, resulta que uno llega a la conclusión de que, con todo lo mala que sea, casi es mejor la propaganda con la que nos intimida explícitamente que la educación con la que nos amenaza a continuación, sobre todo si quien va a educar es un caudillito embrionario dispuesto a utilizar en primer lugar la propaganda, pero, sobre todo, a descubrirnos su demoníaca intención de controlar –que no dirigir, gestionar, administrar, gobernar… – nada más y nada menos que todo un ministerio de educación. Es de suponer que si, una vez comenzado a ejercerse ese férreo control, hubiera disidentes del modelo de formación que se trata de imponer, esos disidentes podrían ser eliminados al estilo en que ha ocurrido y ocurre en países con regímenes totalitarios que propagan, controlan y conforman sociedades a su gusto. El grado y modo de eliminación estaría por concretar, claro. Sería de desear que no se manifestara, a poder ser, con la contundencia de, por ejemplo, el gulag soviético.

Después de habérseles robado la libertad política con la transición de los setenta –lo que produjo inevitablemente un sistema corrupto sin control que actualmente muestra su mayor intensidad–, es imprescindible que los españoles sean conscientes de que ahora están siendo amenazados con que se les robe, además, las libertades sociales. El pueblo español ya ha demostrado que carece de la suficiente formación intelectual para diferenciar una democracia de una oligarquía partitocrática, aceptando la segunda como si fuera la primera; ahora queda descubrir si, además, esas carencias intelectuales también van a permitir, en un desesperante harakiri,  que populistas trileros totalitarios les sustraigan también sus libertades individuales.

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