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BAILANDO CON BULOS

No deja de resultar sorprendente la machacona desfachatez que, a cuenta del asunto de los fichajes, muestran los diarios deportivos cada vez que llega el verano. Bien podríamos aventurarnos a afirmar sin miedo a equivocarnos demasiado que de cada cien noticias que dan, noventa y nueve son producto de la imaginación, sólo con el objeto de rellenar –así o asá, que igual da– el vacío informativo, de manera que el papel de estos periódicos se ve reducido al del entretenimiento y no al de la información, resultando ser, entre su contenido y su continente, auténticos tebeos para pasar un rato, más que medios de información medianamente serios. Algo parecido pasa con esas tertulias televisivas, que más que tertulias vienen a ser vorágines vocingleras difícilmente soportables en las que, como hienas, los participantes se amontonan unos sobre otros para trepar hasta el bocado virtual de una presa que en realidad no existe. 

Así, entre unos y otros, nos enfrentamos una temporada más a este espectáculo circense, y eso que a día de hoy aún tienen lo que queda de mundial para rellenar sus columnas con algún contenido que no sean sus invenciones. Pero parece que no pueden resistirse y, entre noticia y noticia, nos sacuden con un millón de fantasías de reclamo. Parece mentira el desahogo que muestran machacando su prestigio y su profesión, aunque no sé si más o menos que las limitaciones que muestran quienes les compran su mercancía averiada en los quioscos. 

El caso es que en esas estamos, y, según todos estos, nuestro Madrid ya ha fichado dos porteros, ha guillotinado a otros dos, ha cedido a uno de los recién fichados (de forma que a estas alturas, de cumplirse la fabulación, tendríamos sólo un portero), se ha hecho con los servicios de tres medios, tenemos ya por lo menos tres o cuatro nuevos delanteros centros de diferente perfil, hemos cedido a varios jugadores más en todas las líneas y un par de ellos de manera indirecta han anunciado supuestamente su despedida, o al menos eso nos interpretan los fabuladores de turno. La fuente, por pasiva y por activa, resulta inagotable y verdaderamente agotadora.  

De entre todos estos rumores de rumores, uno asoma la cabeza y lo hace, por una vez, de manera verosímil. Me refiero al caso de Illarramendi, que, por si alguno anda despistado, es un medio centro madridista que pasaba por allí. La verosimilitud de lo que se anuncia no viene determinada, obviamente, por la credibilidad del anunciante, sino más bien por la calidad del anunciado. La noticia, o lo que sea, consiste en que el Madrid estaría en trámites de cesión de este jugador, por irrelevante más que otra cosa, a un equipo portugués. Por este jugador el Real Madrid desembolsó alrededor de 40 millones de euros la temporada pasada, lo que para quienes ya vamos peinando canas son exactamente 6.655.448.400 pesetas. ¿A que impresionan tantos números seguidos? Sí, impresionan casi tanto como despistan, así que lo resumo: casi siete mil millones de pesetas. Siete. Mil. De confirmarse este rumor, nos asalta la pregunta: ¿quién va a ser despedido, que no simplemente cedido, por hacer una inversión de esa envergadura con ese resultado? ¿Alguien se imagina a una empresa –qué sé yo, Coca-Cola, por ejemplo– invirtiendo 40 millones en fichar a un directivo que al año tiene que ser enviado a hacer tortillas de patatas al bar de abajo porque no vale para más? ¿Qué ocurriría con el responsable que lo ha seleccionado? Con 40 millones se financiarían todos los abonos de todos los socios del Bernabéu durante una temporada. Pregúntenles, pregúntenles a ver que prefieren esos socios, si fichar a Illarra y largarlo al año o prescindir de la hábil maniobra y tener los abonos a mitad de precio un par de temporadas. 

En nuestro club el despilfarro es práctica habitual, es marca de la casa, vaya, de manera que la falta de confirmación del caso aludido anteriormente no reduce la validez de la denuncia. El goteo de jugadores que desfilan por la plantilla del primer equipo entrando y saliendo sin pausa es infinito, y algunos casos realmente son tan impactantes que uno no se resiste a pensar que detrás de todo este baile alguien saca algún beneficio, además, claro es, de los jugadores y los intermediarios, pues de otra manera todo esto resulta incomprensible. Me viene a la memoria el caso del francés Faubert. Algunos lo confundían con el gran Flaubert pero no se enreden, que siendo los dos franceses, aquel es de nombre Julien y este era Gustave, amén de otras cuestiones diferenciadoras como esa letra ele engañosamente huidiza. 

El asunto  es que este Faubert era un patán del pasto como no se ha visto. Además de llegar incluso a debutar un día en un partido, tenía costumbres como llegar tarde a los entrenamientos pensando que era día libre y dormirse en el banquillo durante los partidos. Un figura que no llegó a jugar noventa minutos sumándolos todos, y por el que se pagó un millón y medio de euros por cuatro meses de “trabajo”. Es difícil precisar si el responsable de esta cosa fue el mismo ojeador que ojeó al amigo Illarra y aconsejó su compra por cuarenta millones, cuarenta. Igual sí, porque las maniobras son tal para cual, es decir, de gran envergadura. Desde luego no sería Pardeza, que ahora resulta que va a ser botado del club para dejar un hueco que no será ocupado por nadie, con lo cual queda despejada toda duda sobre su responsabilidad en esto de los fichajes al quedar claro que, no siendo necesaria su sustitución, en realidad no debía de tener ningún cometido y por lo tanto no hacía nada, ni bueno ni malo, sino que simplemente estaba ahí, estático, de pie en su plataforma al modo de un jugador de subbuteo. Pero, en fin, que casi es mejor que se quede sin despejar la incógnita del responsable del ojeo despilfarrador, porque nosotros seguimos entretenidos especulando, que es francamente divertido. ¿Tendrá algo que ver Florentino Pérez en todo este asunto?

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